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19-04-2014

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Racing Club

Cuando se trata de buscar el origen de Racing Club, la piedra fundamental se encontrará en nombres que nada tienen que ver con el que dio la vuelta al mundo desparramando su gloria deportiva e institucional. Y, como entidad centenaria, los comienzos coinciden con las primeras tentativas locales de formar equipos organizados como clubes. Muchas de estas iniciativas contenían apellidos ingleses que impulsaban un deporte, el futbol, que los sajones habían traído desde su tierra en tiempos en los que los ferrocarriles eran manejados justamente por los británicos, quienes aprovechaban el tiempo de dispersión para armar equipos de once futbolistas y así poder liberar la energía de correr detrás de una pelota en busca del gol. Eran los famosos “ingleses locos”

La zona en la que se dieron los primeros pasos que desembocarían, luego, en el nacimiento de Racing Club, era la misma que hoy recorren los miles de hinchas que cada vez que hay partido en el Cilindro suman su fervor para alentar a la Academia. En esa época todavía no era Avellaneda, sino que el territorio lindante con el Riachuelo se conocía como Barracas al Sur.

A la vez que el siglo diecinueve comenzaba a despedirse, lo que hoy se conoce como el Gran Buenos Aires daba sus primeros pasos entre calles de tierra y chimeneas que exhalaban el humo de una zona que de a poco se transformaría un motor industrial fundamental.

Volviendo al futbol, llegó un momento en el que los criollos se cansaron de ser meros espectadores de los ingleses. Querían aprender a dominar la pelota. Y se entusiasmaron. Por eso, un grupo de empleados del Ferrocarril Sud le solicitó a las autoridades la cesión de unos terrenos para jugar allí al futbol en los descansos. La respuesta afirmativa abrió el camino para demarcar la cancha y comenzar con los primeros desafíos, preferentemente ante equipos con mejores valores (generalmente ingleses), con el fin de enriquecerse a partir de estos enfrentamientos.

El talento argentino, y particularmente racinguista, estaba ahí, sólo había que despertarlo. Los nuevos cultores del futbol no tardaron en perfeccionarse. Transcurría el año 1898 y entonces, los empleados que se juntaban para disputar esos cotejos amistosos decidieron agruparse formalmente en un club de futbol, que se llamó Argentinos Excelsior Club, cuya existencia fue de tres años. Al principio, el equipo fue una sensación; con el paso del tiempo, el nivel bajó y, en 1901, su disolución le dio paso a la creación de otras tres entidades: Sud América futbol Club de Barracas al Sur, American Club y Argentinos Unidos.

Poco tardaron los pobladores de la zona, asiduos concurrentes a los partidos, en darse cuenta de que había un equipo que se destacaba sobre el resto: Barracas al Sud. La habilidad de sus jugadores cautivó a los hinchas, que se volcaron decididamente en su favor.

Barracas al Sud se transformó en un club organizado a partir del 12 de mayo de 1901, luego de un par de reuniones en las casas de Ricardo y Emilio Barceló y de Félix Cirio, en las que se designó a Pedro S. Werner como presidente, a Alfredo Lamour como secretario y a Salvador Sorhondo como tesorero. Otros nombres que motorizaban la idea de hacer un club ambicioso eran Arturo y Zenón Artola, Germán Vidaillac, Leandro Boloque, Raimundo Lamour (hermano de Alfredo), Fracisco Balestrieri, José Guimil, Pedro Viazzi, Ignacio Oyarzábal, Salvador Sorhondo, Julio Planisi, Evaristo y Alfredo Paz, Enrique Pujade, Elías Calmels, Bernardo Etcheverry, Ricardo y Ernesto Martín, Juan Sepich y José Paz.

En estos tiempos, la cocina de la casa de los hermanos Lamour cumplió funciones de sede y allí, luego de las 21, quedaba el terreno libre de todo vestigio culinario para darle paso a las decisiones sobre el futuro de la institución.

Si bien el poderío futbolístico suponía la llegada de tiempos de gloria, las desavenencias entre algunos integrantes del incipiente grupo (entre otras cuestiones un tanto banales, por los colores de la camiseta: unos pretendían que fuera a bastones negros y amarillos y otros roja) provocaron una pronta ruptura y la creación, el 16 de marzo de 1902, de Colorados Unidos, cuyo titular fue Arturo Artola, con Evaristo Paz como secretario y Alfredo Guzmán como tesorero. Este nuevo club se llevó aproximadamente unos cuarenta socios, prácticamente obligando a Barracas al Sud a una reconstrucción.

Lo que aportó la escisión fue poco, pero contundente: por separado era imposible construir alguna entidad con fuerza. De hecho, Colorados Unidos resultó un equipo sin mayor trascendencia, a la vez que Barracas al Sud perdió las virtudes que lo llevaron a ser “el equipo de la gente”.

Una curiosidad: hubo dos personas que se mantuvieron, durante el año que duró la separación, como socios de ambos clubes. Se trata de Germán Vidaillac e Ignacio Oyarzábal, quienes fueron, en definitiva, los que propiciaron el reencuentro entre los exponentes más representativos de Barracas y Colorados.

Werner y Artola tuvieron varias reuniones antes de que se produjera la más importante. Cuando caía la tarde del 25 de marzo de 1903, ambos bandos a pleno se convocaron a un encuentro definitivo. Juan Ohaco, padre de los dos jugadores que luego serían figuras de Racing durante los años del amateurismo, fue quien autorizó que la reunión se realizara en el Mercado de Hacienda, un emblema de la zona, bajo los cuatro ombúes del sector llamado La Tablada. Llegaron a la conclusión de que, como dos clubes chicos, no había futuro; en cambio, una institución grande sí tenía porvenir. Y, por unanimidad, se resolvió volver a ser una sola fuerza deportiva.

La obra, sin embargo, no estaba completa. Todos coincidían en que no repetirían nombres del pasado. Tenían que encontrar alguno que fuera distintivo. Las propuestas fueron muchas y variadas, pero la que impactó fue la de Germán Vidaillac, joven de ascendencia francesa, quien solía leer publicaciones de origen galo. Justamente, Vidaillac echó mano a una revista cuyo nombre era Racing Club. Y puso esa denominación a consideración del resto. La unanimidad volvió a decir presente y así llegó el momento histórico: el nacimiento de RACING CLUB.

Inicialmente, Colorados Unidos aportó 34 socios y un capital de $ 19,65, mientras que lo de Barracas al Sud fue un tanto más modesto: 11 socios y $ 16,35. Se estableció también que la cuota mensual sería de 1,50 para los integrantes de la comisión directiva y de 0,50 para el resto. La numeración de los asociados se hizo por un sorteo que determinó el siguiente orden: 1) Alejandro Carbone, 2) Raimundo Lamour, 3) Ignacio Oyarzábal, 4) Pedro Viazzi, 5) José Guimil, 6) Leandro Boloque, 7) Julio Planisi, 8) Pedro Werner, 9) Juan Sepich, 10) Alfredo Lamour, 11) Arturo Artola, 12) Germán Vidaillac, 13) Alfredo Paz, 14) Bernardo Etcheverry, 15) Evaristo Paz, 16) Francisco Balestrieri, 17) Enrique Pujade, 18) Elías Calmels, 19) José Paz, y 20) Salvador Sorhondo, por mencionar los primeros.

Se trataba de jóvenes que no superaban los 20 años en su mayoría y con una característica inusual para la época: eran todos criollos. La efervescencia y, quizás, algo de improvisación, hicieron que los primeros pasos de Racing no quedaran registrados. El primer documento de una reunión dirigencial contiene el siguiente texto: “A los siete días del mes de febrero de mil novecientos cuatro y siendo las 3.30 pasado meridiano, se reúnen los miembros de la comisión directiva de futbol del Racing Club y se inicia la consideración de la orden del día. En primer término se da lectura a los reglamentos que presenta el señor Alejandro Carbone y que ha redactado él mismo”.

Aquella sesión se levantó a las 17.20, luego de ratificar la necesidad de que los socios se mantuvieran al día en el pago de las cuotas y de designar a Francisco Balestrieri como encargado de las cobranzas. Vale mencionar que, sobre todo en estos primeros tiempos, difíciles por cierto en cuanto a lo económico, el único ingreso con el que la entidad hacía frente a las necesidades era el que provenía del pago de las cuotas sociales.

Además, por ese entonces, Racing también buscaba un local propio para realizar las reuniones de la comisión directiva y resolver todas las cuestiones vinculadas al diario vivir del club. De eso se encargó Pedro Werner, el segundo presidente que tuvo la institución.

No fue fácil la tarea, sobre todo por la mencionada cuestión de la escasez monetaria, pero Werner era un hombre que no sólo no se dejaba vencer, sino que también tenía un don especial para el convencimiento. Mientras tanto, cualquier lugar venía bien para tomar las decisiones necesarias. Incluso, la sala de espera de la estación Barracas Iglesias, hasta que el jefe de la misma, Niceto Barrios, se cansó del bullicio, de las conversaciones acaloradas y los tonos elevados, y los echó. Además, y esto pesó en la decisión de Barrios, algunos usuarios, aprovechando la volada, se colaban, situación que no estaba dispuesto a tolerar.

El refugio, entonces, fue un cuarto del fondo de la tienda de Molinelli (quedaba en Mitre al 500), un conspicuo seguidor de Racing que cerraba el local cada vez que había reunión de la comisión directiva. Pero, finalmente, el perseverante Werner logró su cometido y consiguió, a los pocos meses, un antiguo almacén de la calle Montes de Oca 20, que tenía un recinto de seis metros cuadrados y una salita de tres por tres. Empezaba a cobrar vida el sueño de ser grande.

La Era amateur Como todo club que en torno al futbol, las primeras actividades de la institución estuvieron estrechamente ligadas a ese deporte. De hecho, Racing nació por las inquietudes de varios muchachos que lo que querían era unirse formalmente para jugar a la pelota bajo una misma denominación oficial. Fue así como a poco de haberse fundado el club, el 25 de marzo de 1903, comenzaron los partidos amistosos. Era el principio de lo que sería, años más tarde, el supercampeón de la era amateur, un conjunto inolvidable, récord del futbol argentino.

Del primer cotejo no hay muchas noticias. Por las informaciones de la época, se podría decir que se realizó en una cancha que estaba donde hoy se encuentra la Sociedad Rural y que los comentarios dicen que Racing se impuso por 2 a 1 a Royal. Del primer cotejo del que hay fehaciente testimonio es de uno para nada agradable. Según El Diario, el 31 de mayo de 1903, el equipo de Avellaneda cayó rotundamente ante Plata United por 16 a 0.

Los primeros años de vida de Racing no fueron nada fáciles. A los sueños de grandeza había que darles forma con hechos. Hacía falta tiempo, paciencia y mucho ingenio. Durante los primeros tiempos, tal cual se había conversado en las primeras reuniones, la novel entidad se mantuvo gracias al aporte de los socios mediante el pago de la cuota mensual.

Racing utilizaba una casaca enteramente blanca, que cambió el 25 de julio de 1904, luego de una reunión de la comisión directiva en la que se resolvió que fuera amarilla y negra a bastones, como la de Peñarol, moción que triunfó por sobre las combinaciones de verde y blanco, y de azul y blanco.

Esa casaca, sin embargo, duró apenas una semana y fue reemplazada por un diseño propuesto por el entonces presidente, Luis Carbone: en el frente tenía cuatro cuadros, dos celeste y dos rosa; la parte dorsal era completamente celeste. La primera década del nuevo siglo se iría con ese modelo, evocado muchos años más tarde, en la camiseta con la que Racing volvió a consagrarse campeón después de 35 años, en el Apertura 2001. Ese modelo tenía una fina línea rosa, en homenaje a esos colores iniciales. Además, en 2005 tuvo esa camiseta como tercera alternativa, a modo de homenaje, y la utilizó un vez, en su encuentro ante Instituto.

Lo mejor empezó en 1905, cuando Racing Club se afilió a la Argentine Football Association y comenzó a participar del torneo de ascenso. Durante los años del amateurismo era normal que los mismos futbolistas fueran a la vez los dirigentes. Así que se comenzó con un proceso de adaptación lógico, que llevó su tiempo.

Para entonces, Arturo Artola le había dejado la conducción de la flamante institución a Pedro Werner, que fue presidente entre 1904 y 1908. Carbone se hizo cargo de la presidencia en 1909 y Werner regresó al cargo un año después, en un año fundamental para el progreso de Racing, ya que se logró el ansiado ascenso.

Poco a poco, el club que todavía no era la Academia seguía creciendo, con el esfuerzo de cada uno de los socios. Todavía, sin embargo, Racing no tenía gran fuerza en la Asociación. Como club puramente criollo, apoyó la intención de otros clubes de que las sesiones fueran en castellano, pero fue una propuesta que, inicialmente, no prosperó ante el poderío vigente de los ingleses. Aunque fue cuestión de esperar apenas un año más, ya que el futbol se “argentinizaba” a cada paso. Así fue como en 1906, el ente rector del futbol pasó a llamarse Asociación, aunque en los libros pasó a llamarse oficialmente Asociación Argentina de Football sólo en 1912. Los criollos empezaron a dominar el futbol, algo que, años más tarde, profundizaría Racing con una marca deportiva indeleble.

Del almacén de Mitre y Mariano Acosta, Racing pasó a efectuar sus sesiones en un nuevo lugar, situado a pocos metros, en Belgrano y Mariano Acosta. La flamante adquisición racinguista, sin embargo, no tenía ni siquiera la cantidad de sillas necesarias, por lo que los integrantes de la comisión directiva se turnaban en el uso de las mismas.

Mientras duraron los años del ascenso, Racing institución aprovechó para consolidarse. El crecimiento, gradual y constante, se dio con pies puestos sobre la tierra, con ambiciones medidas, justas, realistas. Claro que, en tanto y en cuanto la solidez lo permitiera, los objetivos se volvían más amplios y generosos.

Por suerte, Racing contaba con buenos valores y ya en 1908 se llegó a la primera final por un lugar en la máxima categoría. El encuentro frente a River Plate se desarrolló en la cancha de Gimnasia y Esgrima de Buenos Aires, que favorecía netamente la afluencia de público de River, que rápidamente se instaló en el estadio, lo que impidió el acceso de los fanáticos que habían ido desde Avellaneda. Racing perdió 2 a 1, los jugadores fueron duramente hostigados durante todo el encuentro y el público invadió en reiteradas ocasiones el campo de juego. Por eso, Racing presentó una queja formal, que tuvo éxito e hizo que la final se repitiera. Claro que, con varios lesionados, la cuestión fue peor y el equipo perdió por 7 a 1.

El Racing que se desempeñaba dentro de las canchas tenía la jerarquía necesaria como para luchar por el ansiado ascenso a la máxima categoría. Pero también, muchos de los jugadores, que a la vez eran dirigentes, eran respetados. En el aspecto interno, las buenas manos de estos hombres se veían reflejadas en la paulatina evolución. Al 1º de enero de 1909, el club tenía 251 socios, el equipo había vuelto a jugar en los terrenos de “La Feria”, el mercado de Colón y Alsina, y se contaba con el fundamental apoyo económico de una importante familia de la zona, los Barceló. Además, para esa temporada que se iniciaba se inscribieron dos equipos, uno “A” y otro “B”, para la Copa Campeonato y para la Copa Competencia.

En 1909 se volvió a alcanzar las instancias finales, pero fue Gimnasia el que se quedó con el halago. Para entonces, el club inscribía dos equipos en los torneos, uno “A” y uno “B”. Obviamente, fue el “A” el que quedó cerca del ascenso.

Pero no faltaba mucho, porque en 1910, en el año del centenario de la Revolución de Mayo, Racing consiguió su lugar en la categoría máxima del futbol. En este caso, la final fue frente a Boca Juniors, también en la cancha de Gimnasia y Esgrima, con el arbitraje de Héctor Alfano. Unas 4000 personas colmaron las tribunas. Alberto Ohaco, a los 13 minutos del segundo tiempo, llenó su garganta de gol y permitió el desahogo de la parcialidad racinguista. Antes habían anotado Pastor, para Boca, y Frers, para Racing. Ese día, el equipo formó así: Fernández; Seminario, Allan; Winne, Juan Ohaco, Angel Betular; Oyarzábal, Alberto Ohaco, Firpo, Frers y Perinetti.

El año siguiente fue muy importante para Racing. El envión resultante del ascenso fue acompañado, por ejemplo, por nuevas obras en el estadio de Alsina y Colón. En realidad, esto era una característica del Racing de esos años. En 1910 volvió a la presidencia Pedro Werner y la comisión directiva aprobó la reafiliación de Alfredo Lamour, el guardavalla que había sido expulsado de la institución por “mala conducta deportiva”. Y se tomó una decisión que marcaría el destino glorioso de la entidad: se eligieron, desde ese año y para siempre, los colores celeste y blanco para la camiseta, todo un buen augurio que se cristalizaría meses después con la llegada a la máxima categoría del futbol argentino. Lo que hubo que lamentar ese año fue el robo de copas y premios por el equivalente a 250 pesos aproximadamente.

La popularidad de Racing aumentó con el título de la segunda división y nuevos seguidores empezaron a contarse en los suburbios capitalinos. La dirigencia empezó a buscar nuevos horizontes para afrontar con grandeza el desafío de participar en la primera A. Por eso se les ofreció venir a la Argentina a dos uruguayos de probada jerarquía, como Carlos Scarone y Pedro Somma, quienes, entusiasmados por el fervor que suscitaba el cuadro blanquiceleste, se sumaron al plantel.

El 7 de mayo de 1911, Racing empezó su camino en la primera división, con el empate 1 a 1 frente San Isidro. El gol, el primero en la máxima categoría, lo marcó el uruguayo, Carlos Scarone. El primer éxito se demoró un mes y fue 18 de junio de 1911, frente a Quilmes, por 2 a 1. Esa temporada inicial en el futbol mayor de nuestro país, Racing se dio un gusto enorme: ganarle por 3 a 1 al histórico Alumni de los hermanos Brown, el primer gran equipo de la Argentina, que ese año se consagraría por décima y última vez campeón y le dejaría la posta justamente a Racing.

Ese año se dividió el futbol y se creó la Federación Argentina en forma paralela a la Asociación, pero Racing, Boca, River y Ferro, entre otros, se quedaron en la entidad original.

Con el club en pleno crecimiento deportivo, con cada vez más público que lo seguía, 1912 fue el año del primer choque a nivel internacional. Una multitud llenó el vapor Eolo para cruzar el Río de la Plata y enfrentarse con River de Montevideo. Racing cayó por 2 a 1 ante los vecinos y tradicionales rivales. Los éxitos fuera de las fronteras ya vendrían.

La política de gestión se mantuvo inalterable: a la par de los logros deportivos, que llegaron con premura, los encargados de la conducción del club pusieron manos a la obra para efectuar mejoras en el estadio, con el fin de que estuviera más acorde con la calidad del equipo. Las obras estuvieron terminadas antes de que se fuera 1912, tal cual consta en un acta firmada por el entonces presidente, Arturo Giro. Justo a tiempo para disfrutar de la histórica seguidilla de títulos entre 1913 (en este año la entidad ya contaba con 928 socios) y 1919.

En 1913 empezaría un ciclo brillante de Racing en el futbol argentino, que le daría nacimiento a La Academia. El conjunto de Avellaneda se convertiría en el primer gran equipo puramente criollo, inventor de “la nuestra”, un juego depurado, técnico y con más brillo que el que proponía el gran Alumni. Un estilo distinto.

A partir de ese año, Racing hilvanaría nada menos que siete campeonatos consecutivos, varios de ellos con una muestra de acabada superioridad.

Era la época de hombres como Betular, el goleador Marcovecchio, Pedro Ochoa, Reyes, Olazar, Alberto Ohaco, Juan Perinetti, Viazzi y Juan Hospital, entre otros. ¿Cómo se consagró Racing? Ganó 17 partidos, empató uno y perdió dos, superó en la final a San Isidro por 2 a 0 y se alzó con el título con una gran marca de 56 goles a favor y 6 en contra.

Un año después, el equipo logró dos cosas importantes: por un lado, se consagró bicampeón en forma invicta (ganó 12 encuentros y empató1), logro que se repetiría en 1915, pero con 22 ganados, dos empates y ninguno perdido; por el otro, consiguió la primera victoria internacional frente a Torino, de Italia, que estuvo de gira por la Argentina.

En 1916 ganó el cuarto campeonato, sacándole cuatro puntos de diferencia al segundo, Platense. El quinto título se logró en 1917, año en el que ya se habían sumado valores jóvenes que le daría más brillo al cuidado estilo de Racing, como Enrique Macchiavelo, el arquero Marcos Crocce, Ricardo Pepe, Albérico Zabaleta y Natalio Perinetti, extraordinario futbolista, hermano de Juan. Racing ya era la Academia.

Los dos últimos campeonatos de la serie consecutiva fueron un “paseo” para Racing. Consiguió ambos en forma invicta , pero en el que cerró la cuenta, el de 1919, ganó todos los partidos programados por la Asociación Amateur, a la que se afilió Racing, ya que en el futbol se había producido una nueva escisión.

Más allá de los torneos argentinos, Racing no paró de cosechar copas. Logró la de Honor en 1913 ante Nacional, de Montevideo; en 1913, 1914, 1916, 1917 y 1918 se alzó con la Ibarguren, y la Aldao la consiguió en 1917 y 1918. Estas conquistas también fueron determinantes en el dominio casi a gusto de Racing en el futbol argentino de esos años.

Durante este fabuloso período, además, en 1915, el club escrituró los terrenos donde hoy se encuentra la sede de la avenida Mitre, mientras que el 4 de junio Racing recibió la personería jurídica, anhelada durante muchos años por quienes le habían dado forma al sueño de la Academia.

Para reflejar un poco la caballerosidad reinante en esa época y el don de gentes de los dirigentes de Racing de entonces, vale rescatar algo que formó parte de la memoria y balance del ejercicio correspondiente al año 1916: “El bárbaro atentado de que el pupulacho inculto hizo víctima al Club de Gimnasia y Esgrima, incendiando sus amplias instalaciones de Palermo, motivó nuestra enérgica protesta, elevada al club amigo, al que ofrecimos de inmediato field e instalaciones. También renunciamos a su favor el importe que nos correspondía por el porcentaje del último match del campeonato sudamericano jugado en nuestro field debido a aquella incidencia, cuya suma es de $ 735,99 moneda nacional”.

En los albores de la década del 20, Racing ya era mucho más que futbol, aunque el deporte de la número cinco seguía suscitando el mayor interés. En la entidad se podía practicar básquetbol, natación, atletismo y pelota a paleta. En algunas de estas disciplinas, cuentan, se destacaban varios de los integrantes del plantel. Además, el capital del club se había triplicado de acuerdo con la memoria y balance de 1924: de 51.730,24 pesos se había llegado a los 162.523,36, todo un reflejo de las buenas administraciones de la época.

Más allá de que en 1920 se quebró la serie de títulos seguidos, todavía quedaban un par de alegrías más. La primera se dio rápidamente, en 1921. En ese equipo estaba un gran amigo de Carlos Gardel, reconocido hincha académico, Pedro Ochoa, evocado por el Zorzal en el tango “Patadura”, como “Ochoíta, el crack de la afición”.

Con Ochoa y Perinetti como estandartes, y los goles de Luis Batz, Racing se quedó con el campeonato de 1925. Con este título, el noveno oficial a nivel local, se cerró una época dorada de la Academia, una de las más brillantes de su historia. Se iba, también, el amateurismo, con jugadores como el guardavalla José Bottaso (La Cortina Metálica), Antonio de Mare, José Della Torre y Fernando Paternoster. El profesionalista abriría una nueva era en el futbol argentino.

  EL TRICAMPEONATO

Con el comienzo de la década del 30, el amateurismo le dio paso al profesionalismo y Racing empezó a recorrer un camino deportivo lejos de las alegrías de los títulos. Si bien eso no alcanzó para detener el avance institucional y social del club de Avellaneda, se sabe que en un club de futbol, siempre, los resultados deportivos influyen en el crecimiento.

El paso del amateurismo al campo rentado no fue lo feliz que la parcialidad de Racing Club imaginaba. Teniendo en cuenta el rotundo suceso académico en los años románticos del futbol local, nadie esperaba que resultara tan complicado volver a gritar campeón.

De todas formas, los distintos equipos blanquicelestes mantuvieron el virtuosismo heredado de la época amateur. Racing ganaba muchas veces, gustaba en varias ocasiones, pero no conseguía armar una campaña lo suficientemente sólida como para erigirse nuevamente en el máximo referente. Por ejemplo, en 1932, quedó segundo, a un punto de River (a la postre el campeón) e Independiente. Individualidades no le faltaron. Eran momentos en que la “bordadora” Vicente Zito dibujaba malabares en las canchas, y Vicente del Giúdice rompía redes contrarias. Con los años, se sumaron el Chueco Enrique García (Rosario Central), que se transformó en ídolo inmediatamente con su zurda prodigiosa; Alejandro Scopelli, goleador que llegó de Estudiantes, y el Machetero paraguayo Delfín Benítez Cáceres, un goleador de raza. Para la década del 40 llegó el gran back central José Salomón.

A fines de la década del 30, en 1939, el club recibió la visita de Jules Rimet, titular de la FIFA, debido a que la Argentina tenía intenciones de organizar una Copa del Mundo, algo que se demoró varios años más. Ya entrados los años 40, se adquirió el edificio donde hoy se encuentra la sede de Villa del Parque, en Capital Federal, epicentro de los más variados eventos. Era algo así como el club social y deportivo de cualquier barrio, pero con los colores por los que se vibraba cada domingo. En esa época, por Racing pasaron la orquesta de Osvaldo Fresedo, doña Petrona C. de Gandulfo y sus recetas de cocina, el poeta cubano Nicolás Guillén y el dibujante Vicente Forte.

Los años 40 no fueron gratos para la Academia, sobre todo en la primera mitad. Hasta 1945, el equipo deambuló por la mitad de la tabla y, algunas veces, más abajo también. Sólo en 1946 empezó el resurgimiento, con un cuarto puesto, a siete puntos del campeón, San Lorenzo. Las incorporaciones se fueron amalgamando poco a poco. Rubén Bravo llegó desde Rosario Central como parte de una operación múltiple, y al año siguiente, desde el mismo club, Waldino Aguirre, el Torito. El Turco Ezra Sued había saltado de las inferiores y era una fija en el equipo titular. Y para 1948 se hicieron incorporaciones fundamentales para el tricampeonato que en breve se lograría. De Huracán llegaron Juan Carlos Salvini, Norberto “Tucho” Méndez y Llamil Simes, y volvió de Atlanta Higinio García. La base estaba formada.

En 1944, dos días después de festejar el cumpleaños número 41 del club, se nombró la comisión pro adquisición del campo de deportes, que meses más tarde le compró 30.000 metros cuadrados de terreno a los ferrocarriles Sud y Oeste, donde hoy están el estadio y el polideportivo. A comienzos de 1946 se proyectó la financiación.

El club seguía con su expansión. Al renovado éxito en el futbol se le sumaban también otros deportes destacados, como hockey y patín artístico, que se desarrollaban en el anexo de Villa del Parque. También Pichuco Troilo hacía bailar a todos los racinguistas (y otros tantos que no lo eran) en los carnavales de la época.

Racing estaba para campeón ya en 1948. Debió consagrarse. Pero ese año los jugadores iniciaron una lucha gremial sin precedentes y con consecuencias fundamentales en el desarrollo del certamen. El primer paro se levantó el 9 de abril y le dio paso al torneo. Buen presagio fue la goleada ante Boca, por 4 a 1. Con una gran serie de siete victorias consecutivas, Racing saltó al primer puesto un par de meses después. Sin embargo, los futbolistas volvieron a efectuar una huelga y el torneo prosiguió con jugadores amateurs. El equipo se cayó y fue goleado por Rosario Central por 6 a 1, perdió ante Independiente por 1 a 0 e igualó ante Platense 1 a 1. Los dirigentes, ofuscados, retiraron el equipo para las dos fechas finales. Para colmo de males, el campeón fue Independiente, que sumó su tercera corona. Otra vez se frustró el sueño el título. El maleficio seguía, pero no por mucho tiempo más.

La huelga de finales del último certamen generó una sangría de figuras en el futbol local, ya que la mayoría se fue a jugar al exterior, principalmente a Colombia. Pero con Racing sucedió algo curioso. Como Ramón Cereijo, famoso hincha de Racing y ministro de Hacienda del gobierno de Perón, no quería que se desmantelara el plantel, algo de lo que los jugadores estaban al tanto, ni se les ocurrió gestionar el pasaporte para emigrar. Sabían que el mismo nunca les llegaría. Por eso, la Academia sostuvo la base que lograría la trilogía de títulos.

Con Guillermo Stábile como entrenador, Racing empezó el camino de la recuperación en 1949. El equipo se presentaba sólido en todas sus líneas. Claro, era importante el hecho de que los jugadores, varios consagrados, se conocían. Antonio Rodríguez; Higinio García y José García Pérez (Nicolás Palma); Juan Carlos Fonda, Alberto Rastelli (Saúl Ongaro) y Ernesto Gutiérrez; Salvini, Méndez, Bravo, Simes y Sued fue la formación base, o mejor dicho, la que fue, al final, la titular. Por supuesto que en ellos no se terminaba el plantel.

En 1949, Racing se llevó por delante a grandes y chicos, sin distinción, aunque el torneo empezó con un tibio empate ante Banfield 2 a 2. De hecho, Banfield había sacado ventaja de dos goles, que después redujeron entre Ameal y Fuchs. Segunda fecha, primera goleada: 4 a 2 a Huracán. Como el Cilindro estaba en plena construcción, Racing actuó como local en las canchas de San Lorenzo y, la mayor cantidad de veces, en Boca.

Tras el empate ante Tigre (3-3) y la victoria ante Vélez (1-0), en la quinta fecha se produjo la primera derrota, ante River, en la cancha de Boca, por un concluyente 3 a 0. Pero eso no melló el alma del plantel, que se mantuvo en la lucha. En la fecha siguiente, Racing empató 3 a 3 con Newell’s, venció a Gimnasia (2-1), perdió con Chacarita (3-2) y goleó a Lanús por 6 a 1, un resultado clave para llegar al clásico con Independiente de la mejor manera. Y vaya si fue así: con el debut del Colorado Rastelli, el equipo de Stábile goleó a los Rojos por 5 a 2, con tantos de Julio Gagliardo, Simes, Donato Hernández (2) y Méndez.

Racing se impuso en dos clásicos más, en forma consecutiva: a Boca lo superó ampliamente por 6 a 2 y a San Lorenzo le ganó por 3 a 1. Racing sumó una victoria más, por 4 a 0, frente a Ferro, antes de caer como visitante con Platense por 2 a 0, que junto con River no aflojaba. Pero la Academia tampoco se rendía. Y la lucha se hizo emocionante.

Racing encadenó una serie invicta de diez encuentros, en los que venció a Central, Estudiantes, Atlanta, Banfield, Huracán, Vélez, River y Newell’s, y empató con Tigre y Gimnasia, hasta que cayó en la 25ª jornada frente a Chacarita, por 2 a 1, como local. Una fecha más tarde, empató 2 a 2 con Lanús y se venía Independiente. ¿Aparecían algunos fantasmas? Nada de eso, la Academia dio una lección de futbol en la primera etapa con un 3 a 0 contundente, con tantos de Salvini, Simes y Méndez, y enfiló así hacia el ansiado título, porque River cayó en esa fecha ante Newell’s, con lo que Racing estiró la ventaja.

El partido siguiente, con Boca, en la Bombonera, se suspendió cuando Racing ganaba por 2 a 1 y faltaban 11 minutos. Antes de que ese cotejo se reanudara, el equipo goleó por 6 a 1 a San Lorenzo, en la misma cancha, porque Racing actuaba como local ahí. Tres días después, otra vez la cancha de Boca fue el escenario, pero en este caso para completar el encuentro suspendido. La Bombonera estaba colmada, más allá de los pocos minutos que quedaban en disputa. Por más que el equipo xeneize atacó con toda su fuerza, la resistencia de Racing fue suficiente como para sostener el triunfo por 2 a 1. Con el pitazo final se desató la locura. La Academia volvía a consagrarse luego de 24 años. Y era merecido.

El certamen se completó con dos victorias (Ferro y Atlanta), dos caídas (Central y Estudiantes) y un empate (Platense). Pero eso fue lo de menos, porque la verdadera proeza ya estaba consumada. Racing estaba nuevamente en lo más alto del futbol argentino y con excelentes perspectivas. Además, en 1950 se inauguró el Cilindro, por lo que el peregrinaje por distintas canchas llegó también a su fin, como la racha negra sin títulos. Pero eso fue en la última etapa del año. En estos años también se notó el crecimiento de la masa societaria: de 14.415 en 1942 se pasó a 36.636 en 1949. Por suerte, para entonces Racing había superado los años negros del comienzo del profesionalismo y había vuelto a gritar campeón.

De Italia regresó a la Argentina el Atómico, Mario Boyé, que había triunfado en Boca y que ahora llegaba para ponerse la camiseta de Racing y ocupar el sector derecho del ataque en lugar de Salvini. En el debut en el certamen, en la cancha de Independiente, la Academia venció a Boca (que había sacudido el mercado con la contratación de José Manuel “El Charro” Moreno) por 2 a 0.

Después, Racing logró seis triunfos, sólo interrumpidos por un empate ante San Lorenzo (2-2). Entre los vencidos estuvieron Independiente y River. Pero enseguida se entró en un subibaja entre derrotas (frente a Newell’s, Atlanta, Huracán, Platense, Central, Boca y Chacarita) y victorias (ante Quilmes, Estudiantes, Ferro, Banfield y Gimnasia).

A partir de la derrota frente a Chacarita, Racing regularizó su camino, algo en lo que seguramente tuvo que ver el regreso al hogar, porque en el partido siguiente, frente a Vélez, se inauguró el estadio Juan Domingo Perón, lo que generó una enorme afluencia de público, que vivió con regocijo el éxito por 1 a 0. A ese triunfo le siguieron otros cuatro, entre los que se destacaron los dos últimos de la serie, en ambos casos goleadas: 4 a 2 a Independiente como visitante y 5 a 3 contra River, en el flamante Cilindro.

Para Guillermo Stabile, la clave había sido el éxito ante San Lorenzo, que le siguió al de Vélez: “Fue definitorio, sin discusión, porque habíamos perdido el primer puesto dos jornadas antes, a manos de Boca, lo recuperamos frente a Vélez y el éxito ante San Lorenzo fue la llave del campeonato”.

La definición fue el 12 de noviembre, ante Banfield. Antes, el equipo había vencido a Quilmes, Atlanta, Ferro y Huracán, y había caído ante Newell’s y Estudiantes. La multitud en el Sur estaba expectante. Y Racing... perdió. Pero nadie se lamentó demasiado, porque el empate de Boca y la derrota de San Lorenzo le dieron el bicampeonato al equipo albiceleste. Racing fue un campeón con 10 derrotas, pero apenas un empate y nada menos que 23 victorias, lo que le sobró para sacar una diferencia determinante. Los dos últimos encuentros sirvieron para que Racing mostrara, ya sin presiones, lo mejor de su juego. Así, cerró el torneo con dos éxitos, ante Platense (4-1) y Rosario Central (4-2).

¿Era suficiente con eso? Probablemente, para muchos. Pero no para los muchachos racinguistas, que querían redimir al club después de la extensa sequía. Por eso fueron por algo inédito hasta entonces en la era profesional: un tricampeonato.

El de 1951 fue el primer certamen en el que Racing dispuso del Cilindro un campeonato completo. Además, se incorporó el esgrimista Enrique Lúpiz como preparador físico, ya que era un aspecto al que hasta ese momento no se le daba mayor importancia. Se hicieron tres incorporaciones: Héctor Grisetti, arquero de Banfield, para sustituir a Antonio Rodríguez; Juan Carlos Jiménez, de Huracán, se sumó a la defensa, y Alberto Cesáreo, de Boca, aportó lo suyo para el ataque.

El comienzo no fue del todo auspicioso. En las diez primeras fechas, la Academia ganó dos partidos (Estudiantes y Chacarita), perdió otros dos (River y Huracán) y empató cinco (Newell’s, Quilmes, Ferro, Banfield e Independiente, como visitante). En la segunda fecha Racing quedó libre. En este primer tramo del torneo quedó claro que Banfield sería uno de los rivales a vencer. Por la novena fecha, el equipo del Sur fue local ante la Academia. Albella, de penal, puso en ventaja al Taladro. Tan difícil fue el cotejo que Racing sólo pudo empatar cuando faltaban 12 minutos para el final.

A partir de entonces, el equipo logró solidez y no volvió a sufrir una derrota hasta la 23ª fecha, cuando perdió 4 a 2 ante Ferro. Después de esa caída, Racing superó a Huracán y a Chacarita, antes de encontrarse nuevamente con Banfield. El Cilindro lució un marco espectacular. Luego de que Higinio García desaprovechó un penal en el primer tiempo, Ámela puso en ventaja a la Academia. Pero apareció otra vez Albella y, cuando faltaba un minuto, empató el cotejo. Con eso, el equipo del Sur se mantuvo en la punta de la tabla de posiciones, con 34 puntos, seguido por Independiente (33), Racing (32) y River (31).

En la fecha siguiente se disputaron dos partidos “de campeonato”. Por un lado, Banfield y River igualaron 0 a 0; por el otro, en el clásico de Avellaneda, la Academia superó a Independiente por 1 a 0. La tabla de posiciones se reacomodó. Racing quedó segundo, a un punto de Banfield, Independiente tercero y River siguió en el cuarto puesto. La definición se puso picante.

Tras los triunfos ante Chacarita (2 a 1) y Gimnasia (3-0), el 28 de octubre Racing perdió el invicto que ostentaba en el Cilindro desde su inauguración a manos de Boca. Fue 2 a 1. Y podría decirse que fue una venganza del equipo de la Ribera, que lavó su honor al devolverle al equipo de Avellaneda la misma bofetada que Racing le había propinado en 1941 al quebrarle el invicto en la Bombonera.

Después, empate 1 a 1 con Vélez y regreso al triunfo frente a San Lorenzo, por 2 a 1, por la 32ª jornada, fecha en la que Banfield cayó ante Chacarita como visitante. Racing quedó a un punto cuando faltaban dos fechas y justo en la penúltima, Banfield quedó libre. River estaba tercero, a dos puntos del líder. Por la 33ª fecha, la Academia igualó ante Atlanta y alcanzó a Banfield, mientras que River empató con San Lorenzo y quedó a un punto. En la jornada final ganaron los tres equipos: Racing goleó a Lanús por 5 a 3, Banfield aniquiló a Independiente por 5 a 0 y a River no le alcanzó la goleada ante Atlanta. Todo quedaba para Racing o Banfield.

Dos partidos de desempate en la vieja cancha de San Lorenzo, el Gasómetro. Tan parejo era todo que el primer encuentro, el 1º de diciembre, terminó 0 a 0. Las más diversas conjeturas se tejieron en los días previos al choque decisivo. Porque era público que, si bien Perón, a través de Ramón Cereijo, había sido factótum fundamental en la construcción del Cilindro y el engrandecimiento de Racing, su esposa, Eva, estrechamente ligada a los sectores de menores recursos, “prefería” una victoria banfileña. Este mensaje les llegó a los jugadores de Racing, que, reunidos, se dijeron: “Ni locos. Nosotros vamos al frente”.

Y así fue. El 5 se disputó la revancha, con características similares al primer enfrentamiento. Todo era muy parejo. Pero Racing tenía un arma: Mario Boyé, el Atómico, que con un furibundo zapatazo venció la resistencia de Graneros, al minuto del segundo tiempo. Racing se convirtió así, contra todos los pronósticos que decían que las finales estaban “arregladas”, en el primer tricampeón del futbol argentino.

Los años 50 se iniciaron de forma inmejorable, porque el bicampeonato se festejó nada menos que en la casa propia, el Cilindro, inaugurado el 3 de septiembre de 1950. Racing entraba en un período de esplendor total.

En 1951, al entidad tenía 40.907 socios y una biblioteca con 5.453 volúmenes. Fuera del futbol, un hombre del club, como Pedro Leopoldo Carrera, se consagró campeón mundial de billar.

El anexo de Villa del Parque pasó a ser definitivamente de Racing en 1952, mediante la firma del boleto de compra-venta con fecha 22 de abril. Así, la empresa Pavimar, que hasta entonces le alquilaba los cinco lotes a la Academia, cedía a cambio de 580.000 pesos una superficie e 3.702,89 metros cuadrados.

El 25 de julio de 1953 se produjo un hecho singular. El fallecimiento de Eva Perón constó en la Memoria y Balance de ese año. Pero tan importante era la figura de la señora en el club que el citado día se descubrió un busto de bronce de Evita en la sede de Avellaneda.

Aún en tiempos de bonanza, tanta expansión tuvo un costo, por supuesto. La institución pagaba, por ejemplo, 400.000 pesos por el préstamo correspondiente a la construcción del estadio. En total, llevaba acumuladas pérdidas por un valor aproximado de 5.000.000 de pesos. Además, en 1955, la cantidad de socios había bajado un poco, a 36.933, y la afluencia de público comenzó a decaer hasta que tocó lo más profundo del pozo en 1958, con el desencanto que se produjo ante el fracaso en el Mundial de Suecia 1958.

Más allá de esto, la diversidad de actividades culturales hacía que Racing fuera una verdadera Academia en todos los sentidos. El 5 de mayo de 1956, el escritor Jorge Luis Borges disertó sobre la obra y destino de Almafuerte en el salón de actos del club; el mismo mes actuó el guitarrista Eduardo Falú y la pianista Pía Sebastián ofreció un concierto ese año.

Al año siguiente, el que pasó por Racing fue el prestigioso director Lalo Schifrin, con su orquesta Jazz de Vanguardia. En esa época se dictaban cursos para mujeres sobre trabajos con paño lency. En el aspecto económico, el club había retomado la buena senda, fundamentalmente a partir del dinero generado por las ventas de Rogelio Domínguez y de Humberto Maschio. De esta forma, los dirigentes anunciaban el saneamiento de la entidad.

A partir de allí se vivió en el club una etapa de solidez, con títulos locales incluidos, que duró en términos generales hasta el ciclo del Racing campeón del mundo, símbolo del esplendor deportivo de la institución, pero que detrás estaba sustentado por el crecimiento de una entidad grande, pujante y de bases fuertes.

  ESTIRPE DE CAMPEON

A punto estuvo Racing de conseguir el tetracampeonato en 1952. Apenas un punto lo separó de River, el campeón, que sería el gran heredero de la dinastía académica de esos años. El River que con el tiempo se conocería como “La Maquinita”, por haber sucedido a “La Máquina”, aquel gran equipo de la delantera inolvidable formada por Muñoz, Moreno, Pedernera, Labruna y Loustau. Es que fue una década dorada la del 50 para el equipo de Núñez, que logró cinco títulos en seis años, entre 1952 y 1957, serie sólo interrumpida nada menos por Boca en 1954. Pero... ¿qué hubiera pasado si Racing lograba la cuarta corona en 1952?

A pesar de que el paréntesis de títulos de Racing se extendió hasta 1958, durante esta etapa el equipo se mantuvo entre los que discutieron los campeonatos. Ya se dijo que en 1952 quedó apenas a una unidad de River, el primero. Al año siguiente compartió el segundo puesto con Vélez, aunque finalmente Racing fue tercero por diferencia de gol. El año en que Boca se alzó con el título fue el de peor rendimiento de la Academia, que quedó décima, a 18 puntos. En el tricampeonato conseguido por River en 1955, 1956 y 1957, Racing se ubicó segundo, cuarto y tercero, respectivamente.

Esos años, además de las buenas producciones del conjunto de Avellaneda, sirvieron para la consolidación de grandes figuras del futbol argentino, como el arquero Rogelio Domínguez, Humberto Maschio, Pedro Manfredini, Antonio Valentín Angelillo y el magnífico Oreste Osmar Corbatta, “El Loco”, un futbolista exquisito, un puntero derecho que marcó una huella en nuestras canchas, sin distinción de colores, y que triunfó con otra celeste y blanca, la de la selección, en el recordado Sudamericano de Lima, en 1957.

En 1952 se había armado un buen equipo. Pedro Dellacha y el arquero Alberto Favalli (ya había jugado en Racing en 1947) llegaron de Quilmes, “Palito” Balay de Huracán y Juan José Pizzuti abandonó la camiseta de River para ser adoptado para siempre por la gente de Racing. Se retiró el guardavalla Antonio Rodríguez y Ameal se fue al Globo. En 1953 empezó a preocupar la edad de los jugadores. Puzzuti era el más joven, con 26 años, pero Boyé, Méndez, Simes y Sued ya tenían 30. Se reforzó la delantera con Ortigüela (Newell’s) y el regreso de Ameal. Para la floja campaña de 1954 se adquirieron los pases de Cap, Maschio y Sivo a Quilmes, y Boyé se fue a Huracán. Para 1955, Pizzuti se fue por un año a Boca y Méndez pasó a Tigre, pero se incorporaron Angelillo, de 17 años y proveniente de Arsenal, y Adalberto Rodríguez, de Banfield. Se afianzaron Maschio y Corbata, y Cigna y Santos aportaron lo suyo en ataque. Los cimientos de la renovación estaban puesto y firmes.

En 1956, a pesar de que se fueron Angelillo (a Boca) y el veterano Simes (a Tigre), sólo se incorporó el puntero izquierdo Juan Carlos Mendiburu, de Vélez. Al año siguiente se sumó el mendocino Pedro Manfredini y la Raúl Belén, mientras el pasivo del club se saneaba gracias, fundamentalmente, a los ingresos generados con las ventas de Rogelio Domínguez y el Bocha Maschio. El arquero Osvaldo Negri y el zaguero Juan Carlos Murúa dejaron las inferiores para sumarse al plantel profesional. Igual, a River no había con qué darle. La fórmula, sin embargo, la encontraría el propio Racing en 1958.

Vale hacer un paréntesis para mencionar el suceso logrado por el seleccionado argentino en 1957, en Lima, Perú. La selección se consagró campeona con un futbol de alto vuelo y una delantera fenomenal en la que tuvieron determinante participación tres hombres de Racing: Corbatta, Maschio y Angelillo. “Los carasucias”, como se conoció a aquellos atrevidos jóvenes que le cambiaron la cara a la otra celeste y blanca, formaba arriba con Corbatta, Maschio, Angelillo, Sívori y Cruz.

Tal vez por esta actuación también haya sido mayor el gran fracaso en el Mundial de Suecia, un año después, que generó una depresión en el futbol argentino, ya que la gente quedó desencantada con el equipo dirigido justamente por el armador del tricampeón académico, Guillermo Stábile. Pero para Racing no fue malo ese año porque quebró la hegemonía millonaria y volvió a gritar campeón.

En el banco, Racing tenía a un hombre de la casa, José “Pechito” Della Torre, que supo combinar la prestancia de hombres como Corbatta, Manfredini, Cap, Pizzuti, Dellacha, Murúa, Sosa, Belén y Anido para darle a la Academia un nuevo título, con el que se rompería el magnetismo que River tenía con los títulos locales y que sólo pudo recuperar 18 años después.

Racing llegó a la consagración dos fechas antes del final del certamen, con el empate 3 a 3 frente a Lanús, como visitante. Nada fue sencillo, porque el equipo perdía por 3 a 1, pero en la media hora final, con goles Vladislao Cap y Pedro Manfredini, alcanzó la igualdad que significó un nuevo campeonato para Racing, el cuarto en la era profesional. Poco importó que en los dos cotejos finales empatara 2 a 2 con Vélez y perdiera 2 a 0 frente a San Lorenzo.

Lejos de conformarse, el equipo de Avellaneda se mantuvo entre los de arriba en los dos torneos siguientes (fue segundo en 1959 y cuarto en 1960), hasta que en 1961 volvió a festejar un título, con un plantel que tenía algunos valores nuevos, con el gran Federico Sacchi como estandarte de elegancia y efectividad. También llegaron Borges, Mesías, Peano y Berón. Lo de Racing fue modestia pura al lado del derroche de dinero de otros clubes, encabezados por Boca y River, que creyeron ver la fórmula del éxito en las contrataciones fulgurantes y los extranjeros. La Academia ni siquiera perdió el equilibrio con el técnico: otra vez apostó a alguien con pasado en la entidad, como Saúl Ongaro.

El grupo tuvo un andar notable en el certamen. Mostró una seguridad y un andar firme que prácticamente le aseguraron el título sin sobresaltos. Una serie de cinco victorias seguidas frente a Argentinos Juniors, Boca, Los Andes, Ferro y Huracán en el inicio mismo del torneo le permitieron al equipo de Ongaro forjar una imagen positiva que se prolongaría por el resto del certamen. Incluso, el invicto se estiró hasta la decimotercera fecha, hasta que en la decimocuarta fue Independiente, con una goleada, el que rompió la cadena exitosa de la Academia. Racing no se cayó en lo absoluto, mantuvo su poder y forjó un nuevo invicto de trece fechas, que también se cortó con una goleada, en este caso ante Gimnasia, por 8 a 1, aunque el resultado no hizo la mella que hubiera causado en otras circunstancias porque en la fecha anterior, la vigésimo séptima, con el éxito en el clásico ante San Lorenzo por 3 a 2 , la Academia se había consagrado campeón.

La campaña no dejó dudas de su superioridad: Racing ganó 19 de los 30 encuentros y fue categórico en las redes adversarias, con 68 tantos. Un nuevo clásico frente a Independiente dejó un empate 1 a 1 y siete expulsados en total, que implicaron que Pizzuti tuviera que atajar un rato. No importaba demasiado, una nueva estrella en el cielo racinguista comenzaba a brillar.

  LA GLORIA MUNDIAL

Dicen que lo único inexorable es el paso del tiempo. Que no hay forma de que se detenga ni siquiera un instante. ¿Será cierto eso? Tal vez; tal vez no. Cuando un hecho es tan inmenso, tan trascendente que los días, los años, las décadas no lo pueden borrar, entonces es posible pensar que se ha vencido al tiempo. Como en aquel lejano 4 de noviembre de 1967. ¿Lejano? Si parece que fue ayer, hace un rato nomás. La pelota la tenía Juan Carlos Rulli, ya en campo de Celtic. Cerca de tres cuartos de cancha, le dio el balón al Juan Carlos Cárdenas. El Chango acomodó la pelota para la zurda. La leyenda cuenta que el Bocha Maschio le gritó: “Pateá”. La verdad es que Maschio le pidió la pelota. Pero el Chango nunca lo escuchó. Y, casi por intuición, metió el zurdazo furibundo, desde unos 30 metros, tirado unos metros hacia la derecha del eje central de la cancha. El balón viajó en vuelo heroico hacia la red del arco defendido por Fallon, hacia la victoria, hacia la gloria, hacia la eternidad. Racing 1 vs. Celtic 0. Racing campeón del mundo. La Academia vencía al tiempo.

A esas alturas, más allá de la magnitud, el logro no resultaba sorprendente, porque el equipo ya había sabido construir su propia fuerza en el camino que lo llevó hasta la definición de la Copa Europeo-Sudamericana. Los títulos de 1966, en el certamen local argentino, y de 1967, en la Copa Libertadores, le dieron a Racing la posibilidad de ser el mejor del mundo ante Celtic. Por eso no fue sorpresa; en todo caso, se había alcanzado el nivel de mito.

Al ciclo más importante del club en la era profesional no se llegó de un día para el otro. En realidad, fue el resultado de un extenso período de recambio generacional que comenzó con la consagración albiceleste en el certamen de 1961. Ese plantel contaba con varios jugadores de experiencia, que, tras conseguir el título, empezaron a ceder terreno ante el impulso joven de varios valores de las divisiones inferiores.

Para 1962, el arquero Toledo, de Estudiantes, se sumó al veterano Negri y a un pibe que asomaba en el plantel de primera: Agustín Mario Cejas, que debutó hacia fines de año, el 11 de noviembre, en la goleada académica ante Chacarita, por 7 a 3. Dos semanas más tarde, en el 0 a 0 frente a Independiente, se produjo otro estreno importante: el del santiagueño Juan Carlos Cárdenas, que se mantuvo como titular hasta el final del torneo.

Además de esos debuts, que la historia se encargaría de hacer significativos, también fue destacable la despedida con una clara victoria por 3 a 0 frente a San Lorenzo. Pero lo cierto fue que la campaña no fue nada buena. Racing terminó en el noveno puesto entre 15 participantes, producto de 8 triunfos, 10 empates y 10 derrotas, con 39 goles a favor y 41 en contra.

Una verdadera renovación se dio para el campeonato de 1963, que fue el que contó con menos equipos de la historia, 16, ya que se pretendía darle mayor brillo, algo que no logró plasmarse. Llegaron nada menos que 7 refuerzos para la Academia: Juan Larrea (de Huracán), Mattera (puntero derecho uruguayo), Basílico (Vélez), Oscar Martín (Chacarita), Julio San Lorenzo (Nueva Chicago), Reynoso (San Lorenzo) y Luis Carrizo. También volvió Juan Carlos Oleniak. Entre los que se fueron, Corbatta pasó a Boca; Sanguinetti y Blanco a Chacarita, y Eduardo Curia a Vélez.

Ya el arranque no fue bueno. La Academia sumó su primer triunfo apenas en la sexta fecha, cuando venció a Argentinos ajustadamente por 2 a 1. Al menos, sirvió para que el equipo se destapara y comenzara a recuperar terreno en la lucha por el título. Y lo hizo sin pausas, con significativas victorias frente a San Lorenzo (2-1), Boca (3-0) e Independiente, al que superó como visitante por un contundente 4 a 0. Este último éxito no sólo fue fundamental por propias características, por tratarse del clásico rival y por haber sido una goleada, sino también porque le permitió a la Academia quedar a un punto del líder, River, equipo con el que se enfrentó en la fecha siguiente, el 22 de septiembre. Se acercaban los momentos cruciales del campeonato y Racing tenía la gran oportunidad de quedar en la cima de las posiciones si le ganaba al conjunto millonario. Sin embargo, la ilusión racinguista chocó con la histórica paternidad riverplatense. Los hombres de Núñez se impusieron por 2 a 1, con goles de Luis Artime.

Lo peor: el River de los 18 años negros tampoco pudo resistir el embate de Independiente, que en un buen final, ganó de arremetida y salió campeón con dos unidades de ventaja sobre River y siete sobre Racing y Boca.

Sin descensos para el certamen de 1964, con los ascensos de Ferro y Newell’s, Racing volvió a sumar numerosos refuerzos para intentar meterse otra vez en la discusión: José Omar Pastoriza (Colón), César Luis Menotti (Central), Luis Maidana (Banfield), Daniel Bayo (Gimnasia), Sivina (Central Córdoba), Pentrelli (volvió de Italia) y los brasileños Baptista, Claudio y Dorval. Lo curioso: Racing se desprendió de su goleador, Julio San Lorenzo, quien pasó a Banfield junto con Bertulessi y Peano.

El comienzo fue por demás irregular, con victorias y derrotas alternadas. El equipo no aparecía y los cambios en el equipo se sucedían en una alocada carrera sin resultados. Entre tanta búsqueda se produjo el debut de un pibe en la defensa, frente a Atlanta: Roberto Perfumo. Pero los problemas de Racing pasaban fundamentalmente por el ataque, algo que se solucionó parcialmente sobre el final de la primera rueda, algo que le permitió al equipo quedar a sólo tres puntos del líder, Boca.

En la rueda siguiente, otra vez apareció en escena la irregularidad del equipo. Sin embargo, el éxito por 1 a 0 ante Boca, que no perdía desde la primera jornada, con un tanto de Federico Sacchi, reavivó la esperanza. No por mucho tiempo. Pronto volvió el Racing de la incertidumbre, que no sólo terminaría el certamen en un insulso sexto puesto, con Boca como monarca.

Se acercaba el gran año, pero por la realidad del equipo, parecía que Racing estaba lejos de una nueva conquista. En 1965, la Academia siguió en picada. Se reforzó con Juan Carlos Rulli, Juan José Rodríguez y Benicio Ferreira, de Boca, mientras que el conjunto xeneize se llevó a Menotti y a Sacchi; además, llegó Jaime Martinoli de Banfield, Castillo de Español, y la Bruja Belén, en sus últimos tiempos de jugador, se fue a Newell’s.

A tal punto la campaña de Racing fue mala que el final de la primera etapa lo encontró en el último puesto de la tabla. La segunda rueda no trajo demasiadas novedades, al menos en el comienzo. El equipo se mantenía en el fondo de la tabla y no había quien encontrara la fórmula para salir del mal trance. Renunció el entrenador, José García Pérez, pasó Cacho Giménez como interino y el 19 de septiembre llegó el gran día. Racing, el último, se enfrentaba con el primero, River, un equipo embalado por el buen andar. Esa tarde, en el banco de Racing se sentó por primera vez Juan José Pizzuti. En verdad, no había una gran euforia y es lógico pensar en eso. El equipo estaba haciendo una campaña muy pobre y la paternidad millonaria no prometía alegrías. River empezó ganando con un gol de Artime. Todo indicaba que la historia sería la de casi siempre. Pero “Tito” Pizzuti hizo el milagro, su equipo hizo el milagro. Un tanto de Castillo y dos de Juan José Rodríguez dieron vuelta el resultado y entonces sí se desató la algarabía popular. El último “volteaba” al líder y Racing, desde lo más profundo de su crisis, sacaba fuerzas para ponerse de pie.

Una nueva derrota en la fecha siguiente, ante San Lorenzo, por 2 a 0, no hizo mella en el espíritu renovado de un grupo que empezaba a meterse en la historia grande del futbol argentino y mundial sin darse cuenta. En el cotejo siguiente, un empate 1 a 1 frente a Atlanta, comenzó una serie invicta de 39 partidos que recién pudo quebrar el Boca de Carlos Bianchi entre 1998 y 1999, cuando estuvo 40 partidos sin conocer la derrota. Y la imagen sirve para marcar diferencias entre un tiempo y otro, y a la vez darle valor a lo hecho por ese equipo albiceleste: con esa racha, Racing logró el título de 1966, mientras que Boca, con una actuación similar, se quedó con dos coronas locales, por los torneos cortos. En fin, cuestiones del paso del tiempo que en este caso favorecieron al conjunto xeneize.

Finalmente, el certamen de 1965 terminó con Boca campeón y otra frustración para River. La levantada de Racing, que se mantuvo invicto durante los últimos 14 encuentros del certamen de 1965, le permitió alcanzar el quinto puesto. Fue el nacimiento de un equipo emblemático.

Para la gesta de 1966 se incorporaron Fernando Parenti (Lanús), los uruguayos Benítez y Nelson Chabay (llegó de Racing de Montevideo, recomendado por Nito Veiga, ayudante de Pizzuti). También se sumó Miguel Mori, de Independiente, en canje por José Omar Pastoriza. Se fueron Anido, Pentrelli y José Vazquez.

El equipo arrancó el torneo con el envión del final de 1965. En la primera fecha, venció a Atlanta por 2 a 0, con goles del Yaya Rodríguez. Fue el primer paso hacia el título. La Academia empató 0 a 0 con Vélez, venció a Newell’s 2 a 0 y a Quilmes 5 a 0, igualó con Banfield 0 a 0 y superó a Chacarita 1 a 0. Para la sexta fecha, los hinchas recibieron un regalo muy preciado: el reencuentro en la cancha con Humberto Dionisio Maschio. El “Bocha” nunca había dejado de tener contacto con su amigo Pizzuti, de quien había sido compañero, durante los años en los que jugó en Italia. Las cartas los mantenían al tanto de la vida y los pasos de cada uno. El técnico, a sabiendas de que a Maschio se le vencía el contrato en la península, le hizo saber que lo quería de nuevo en Racing. Por eso, le dijo al entonces presidente de la institución, Santiago Saccol, que hiciera todos los esfuerzos para convencer a Maschio de ponerse nuevamente la camiseta celeste y blanca. Y así fue. El 10 de abril, ante Chacarita, el “Bocha” volvió a la Academia y su equipo se impuso por 1 a 0, con un gol del Yaya Rodríguez.

Si hubiera que mencionar una sombra en el torneo, habría que buscarla por el lado de River, cuándo no. Es que en el primer clásico del certamen, ante el conjunto de Núñez, Racing empató 1 a 1 y, en la segunda rueda, los millonarios fueron los que le cortaron la serie invicta a la Academia. Pero no nos adelantemos. Después de la igualdad con River, Racing superó a Estudiantes (1-0), Huracán (2-0), Ferro (4-1), Central (1-0), Colón (1-0), Lanús (2-1) y Platense (3-1), mientras que empató con Argentinos (0-0), Boca (otro clásico igualado, 0-0) y Gimnasia (2-2). En las dos últimas fechas de la primera rueda, la Academia consiguió los dos primeros triunfos en los clásicos. El 3 de julio superó como visitante nada menos que a Independiente, por 2 a 0, con tantos del Bocha Maschio y Jaime Martinoli, mientras que el 17 del mismo mes superó por 2 a 1 a San Lorenzo, con goles del Yaya Rodríguez y Basile (Veira descontó para el Ciclón).

Si bien la segunda rueda comenzó con tres empates, ante Atlanta, Vélez y Newell’s, Racing no se quebraba. Después de esa serie consiguió tres victorias seguidas, frente a Quilmes (2-1), Banfield (1-0) y Chacarita (3-0). Justamente este último triunfo frente al equipo de San Martín fue el eslabón final en la histórica serie invicta del “Equipo de José”, porque a la fecha siguiente, la vigésimosexta, River –esa eterna espina– lo venció por 2 a 0 y terminó con la imbatibilidad académica. Con lo que no terminó fue con el espíritu ganador del plantel, porque esa sería la única derrota hasta el final del campeonato.

Después del cotejo ante River, Racing les ganó a Estudiantes (3-0), Argentinos (3-0), Ferro (6-0), Rosario Central (2-1) y Platense (2-0), e igualó con Huracán (2-2), Colón (0-0) y Lanús (2-2). El 13 de noviembre Racing le ganó en el Cilindro el clásico a Boca por 3 a 2, con una gran actuación del Panadero Rubén Díaz. Ese éxito lo puso a las puertas de un nuevo título.

Una semana más tarde llegó la consagración, en La Plata, con el empate 0 a 0 frente a Gimnasia y Esgrima, con dos fechas de anticipación. Ese día Racing dio la vuelta olímpica que fue la antesala de la consagración de la Academia en el mundo. El certamen terminó con un empate 3 a 3 frente a Independiente y una victoria de despedida ante San Lorenzo por 2 a 0.

Con el título local en el bolsillo, en 1967, mientras comenzaba la disputa de los torneos Metropolitano y Nacional, Racing fue en busca del reconocimiento mundial. Y lo consiguió. Lejos estuvo la empresa de resultar sencilla y basta con un dato para certificarlo: la Academia se consagró en la Copa Libertadores más larga de la historia. Para quedarse con ella, el equipo dirigido por Juan José Pizzuti disputó nada menos que 20 partidos.

Para afrontar el objetivo no se tocó la base del plantel; de hecho, se enriqueció con las incorporaciones de los delabnteros Norberto Raffo y Joao Cardoso, el defensor Antonio Manillo, y el arquero Antonio Spilinga. La Academia integró el Grupo 2 y arrancó con todo: un claro éxito frente a River por 2 a 0, en Avellaneda. Después, el equipo cayó rotundamente frente a 12 de Octubre, de Bolivia, como visitante, por 3 a 0, pero ya no volvería a caer en la primera etapa, algo que lo clasificaría para las semifinales. Seguidamente, el conjunto albiceleste superó a Independiente Medellín (2-0), Independiente Santa Fe (2-1) y a Bolívar (2-0), todos como visitante; luego, en el Cilindro, venció a Independiente Medellín (5-2), Independiente Santa Fe (4-1), 31 de Octubre (6-0) y Bolívar (6-0), para cerrar su actuación en esa instancia con un empate 0 a 0 ante River, en Núñez.

Claro que la Academia pasó algunas vicisitudes, no en lo deportivo, pero sí en otras cuestiones. Por ejemplo, la realidad colombiana de ese momento no permitía que el equipo saliera del hotel donde se alojó cuando fue a jugar a ese país. Y de aquella excursión a tierra cafetera es la anécdota que cuenta que el grupo corrió peligro de muerte en un vuelo. Fue en el viaje de Medellín a Bogotá, en la tarde del 27 de marzo, en un DC-4 de la empresa SAM. El vuelo duró sólo una hora, pero la delegación no tuvo descanso. Una tormenta impresionante sacudió la aeronave como pocas veces. El miedo invadió a todos y con razón. En un momento, la máquina empezó a descender a gran velocidad: “¡Nos matamos!”, gritó el Bocha Maschio. Cuando todo parecía perdido, el piloto consiguió enderezar el avión .

Volviendo al futbol, en el comienzo de las semifinales Racing se volvió a enfrentar con River, con el que empató 0 a 0 como visitante. Después, hilvanó cinco triunfos consecutivos: ante Universitario, de Perú, por 2 a 1 en Lima y Avellaneda; frente a Colo Colo, 2 a 0 en Chile y 3 a 1 en el Cilindro, donde por la última jornada superó a River por 3 a 1. Racing estaba en la final de la Copa Libertadores.

A pesar de semejante campaña (cinco triunfos y un empate), el equipo de Pizzuti dirimió el pase a la final en un desempate con Universitario, en Chile, donde con la victoria por 2 a 1 logró acceder a las finales.

Tampoco le resultó sencillo a la Academia el último paso, que tuvo que dividir en tres, frente al Nacional uruguayo, porque los dos enfrentamientos originalmente pautados terminaron 0 a 0, en Montevideo y Avellaneda. Hubo que ir a un desempate, otra vez en el estadio Nacional de Chile, como contra Universitario. Racing sacó ventaja en el primer tiempo, con goles de Joao Cardoso, a los 14 minutos, y Norberto Raffo, a los 43. Pero cuando faltaban 11 minutos, descontó Espárrago para Nacional. Entonces, los instantes decisivos fueron emocionantes. El conjunto argentino resistió los embates uruguayos y al final se quedó con el gran premio: la Copa Libertadores.

Ese 29 de agosto en el país se desató la fiesta blanquiceleste, de una punta a la otra, en la sede de Avenida Mitre, en Avellaneda, en el Cilindro. Fue una fiesta gigante, genuina.

Pero había más. Los jugadores y los hinchas sabían que podían seguir haciendo historia. Quedaba la Copa Europeo-Sudamericana, la gloria total. Sin el conocimiento que hay hoy de muchos clubes del mundo –ni hablar de los más importantes–, Racing emprendió el viaje a Europa para enfrentarse con Celtic, de Escocia.

El 18 de octubre fue el primer choque, en Hampden Park. Un solo cambio respecto de la definición de la Libertadores: Juan José Rodríguez por Joao Cardoso. La esperanza se derrumbó. Los escoceses se impusieron por 1 a 0 con un tanto de McNeill a los 24 minutos del segundo tiempo. “Se acabó un ciclo”, dijo Pizzuti, abatido.

La derrota había calado hondo en el ánimo del grupo. Pero quedaba la revancha del 1º de noviembre. Para entonces, la “calentura” del momento había pasado. Pero aún así hubo que sufrir y mucho, como en todo el camino que condujo al club de Avellaneda al éxito mundial. Chabay entró por el Panadero Díaz y Cardoso por Mori. El Cilindro era un hervidero. De hecho, el arquero titular visitante, Donald Simpson, no pudo jugar porque en el calentamiento recibió el impacto de un proyectil. Así y todo, la tarde empezó bien para Celtir, porque Gemmel abrió la cuenta a los 21 minutos de la primera etapa, de penal. Enseguida volvió la calma y empató Norberto Raffo. Pero hacía falta un gol más para ir al desempate. Y apareció el Chango Cárdenas apenas iniciado el segundo tiempo: 2 a 1 y a Montevideo a definir la historia.

El 4 de noviembre fue la gran cita del otro lado del Río de la Plata. El estadio Centenario estaba a pleno. Una gran cantidad de racinguistas cruzaron el río para alentar al equipo, pero la verdad es que la Academia fue visitante en Uruguay, aún a pesar del gesto del equipo, que intentó congraciarse con el público saliendo con una gran bandera uruguaya. No hubo cambios en la formación. Cejas; Perfumo y Chabay; Martín, Rulli y Basile; Cardoso, Maschio, Cárdenas, Rodríguez y Raffo. El partido fue áspero, como se preveía. Antes de que terminara el primer tiempo, el árbitro paraguayo Rodolfo Pérez Osorio expulsó a Lennox y a Basile por agresión mutua. Johnstone también se fue antes, apenas comenzado el segundo tiempo, a los tres minutos. Con un hombre más, Racing se fue con todo para adelante. Hasta que a los 10 minutos del complemento Rulli y Cardoso armaron la jugada; Rulli se mandó y el Chango Cárdenas se mostró en la izquierda; la pelota le llegó, avanzó unos metros, levantó la cabeza y le dio de zurda al balón, con tremenda fuerza y dirección. Estaba a unos 25 o 30 metros del arco. El estadio hizo silencio durante una fracción de segundo. Fallon, el arquero de Celtic, voló hasta lo imposible. De nada sirvió. El remate del Chango estaba en la red. Se desató así la carrera enloquecida del delantero académico para abrazarse con Basile. El delirio se apoderó de los argentinos. La victoria estaba cerca.

El encuentro continuó áspero. Por eso también se fue expulsado Hughes y, antes del final, Rulli. Pero a esas alturas, la batalla estaba ganada. Cuando el árbitro indicó el final, hubo un estallido argentino que retumbó en el mundo. Fue el de la Academia, el de Racing Club, primer campeón mundial de nuestro país.

LA LENTA CAIDA

El pináculo al que llegó Racing en 1967 con las conquistas de la Copa Libertadores y la Copa Europeo Sudamericana significó también el final de una era plena de gloria, no sólo en lo deportivo, sino también en lo institucional. Si bien la pendiente del tobogán no comenzó a recorrerse inmediatamente, a partir de la década del 70 la Academia se transformó en un club que recurrentemente renovaba las ilusiones, pero que sistemáticamente sucumbía por los graves errores en el manejo de la entidad.

Santiago Saccol, el hacedor desde la dirigencia del gran campeón, retomó la presidencia en 1968. Poco a poco, ese gran plantel empezó a desmembrarse por distintas cuestiones. El dinero se gastaba en incorporaciones que en la mayoría de los casos no compensaron en la cancha la inversión efectuada. Racing empezaba a sufrir, casi sin darse cuenta, al compás de un país que vivía también una época difícil.

A comienzos de los años 70 surgieron figuras como Juan Domingo Rocchia y Carlos Squeo, pero las dificultades económicas hicieron que rápidamente buscaran nuevos horizontes, lo mismo que el Mariscal Roberto Perfumo, que se fue a Cruceiro, de Brasil. Así y todo, la Academia se las ingeniaba para meterse en la lucha de los torneos.

Así fue como en 1967, año de apogeo y esplendor futbolístico, el equipo llegó a la final del primer campeonato Metropolitano, en la que cayó frente al Estudiantes de Osvaldo Zubeldía por 3 a 0, el mismo equipo que también lo dejó afuera de la Copa Libertadores al año siguiente para empezar la cadena de tres copas consecutivas. De ahí en más, casi todas serían malas para la Academia.

Ya en 1969 se hizo una importante renovación del plantel y varias figuras, como Perfumo, Cejas y Basile, se fueron a otros clubes, incluso del exterior. A partir de 1970 comenzó a notarse claramente la caída del Imperio Académico. Racing comenzó a hacer incorporaciones sin escatimar dinero, pero también sin medir consecuencias futuras, esas que, a la larga, desembocarían en la quiebra y casi desaparición de la institución.

Por ejemplo, en 1969 se pagaron 35 millones de pesos por Roberto Rodolfo Aguirre, de Newell’s, en lo que fue la transferencia más onerosa de la temporada. Como nuevos valores aparecían Juan Domingo Rocchia, Carlos Squeo y Miguel Adorno.

En el Metropolitano de 1972 Racing formó un buen equipo y salió subcampeón, con Daniel Onega, Carlos Della Savia y Ubaldo Fillol, entre otros refuerzos que jerarquizaron el plantel. Pero eso no cambió el destino. Un año después, Racing volvía a hacer campañas olvidables, con Angel Amadeo Labruna como entrenador. También pasó Zubeldía, pero nada. Y en 1976, el equipo de Avellaneda estuvo por primera vez ante el riesgo de descender, algo de lo que se salvó apenas por un punto.

La crisis no hizo reaccionar a los dirigentes de entonces. Racing siguió sin rumbo en lo institucional y en lo deportivo continuó con la política de intentar salir a flote con grandes contrataciones. Ni los sucesivos gobiernos ni las contrataciones rutilantes, con el caso de Julio Ricardo Villa como paradigma, en 1977, por quien se pagó la cifra récord de 80.000.000 de pesos, lograron frenar la pendiente institucional y deportiva. Igual, Racing no estuvo ni siquiera cerca de alguna consagración. A Saccol lo siguieron Armando Ramos Ruiz (ex interventor en la AFA), Nerón Sordelli, Roberto Fontella y Ramón Vinagre, con quien Racing empezó a sufrir los primeros sofocones con el descenso. Sin embargo, los dirigentes no le prestaron atención a la alarma y siguieron con la política infructuosa de comprar y comprar jugadores. Los años pasaron y el club, poco a poco, se fue hundiendo cada vez más.

Los nombres pasaban y el equipo seguía por la misma pendiente. Surgían, aún en la depresión, chicos que generaban ilusión, como Juan Alberto Barbas y Gabriel Humberto Calderón, quienes fueron campeones del mundo Sub 20 en Japón con la selección argentina, en 1979, tras el título ecuménico de mayores en nuestro país, un año antes. Pasaron técnicos de todas las clases: del riñón del club, como Agustín Mario Cejas; con pasado académico, como José Omar Pastoriza, e ídolos de otras divisas, como Enrique Omar Sívori, símbolo de River. También estuvieron jugadores como Julio Olarticoechea, el uruguayo Juan Ramón Carrasco (en quien se gastaron 600.000 dólares), José Van Tuyne, José Berta y muchos otros.

Así y todo, el 12 de octubre el estadio se reabrió, aunque sólo para ser escenario de la más grande tristeza en la historia deportiva de la institución. Un emblema racinguista como Juan José Pizzuti se hizo cargo del equipo en reemplazo de Rogelio Domínguez. Pero el equipo estaba decididamente a la deriva, con un plantel que no entendía al técnico y que estaba lejos de ser un grupo homogéneo.

Como si el destino estuviera ensañado con hacer sufrir a Racing de todas las formas posibles, el mismo entrenador que llevó al club a sus mayores conquistas fue el que también estuvo sentado en el banco en el peor momento, ese que llegó el 18 de diciembre de 1983, cuando la Academia cayó frente al Racing cordobés por 4 a 3 en Avellaneda. El partido se suspendió a los 41 minutos por los incidentes en las tribunas, pero el Tribunal de Disciplina, como era de esperar, lo dio por terminado con el resultado mencionado. Racing pasó tristemente al futbol del ascenso.

  EL ASCENSO Y OTRA COPA

Mientras el país salía de un período de gobiernos de facto, en 1983, el club transitaba una de las etapas más oscuras. El 27 de septiembre de 1983, la torre del estadio Juan Domingo Perón se derrumbó y con ella casi se caen también las ilusiones de reapertura de la cancha, que había sido clausurada en 1981 por falta de mantenimiento. Las imágenes del Cilindro era un espejo patético en el que el club se veía reflejado. Aún así, con tremendas dificultades a cuestas, la cancha se reabrió el 12 de octubre de 1983, pero como una cachetada del destino, eso sólo sirvió para afrontar en casa la peor noticia de la decadencia: el descenso.

Ramón Cereijo, un histórico dirigente político ligado a Perón y famoso hincha de Racing, dijo: “Racing cayó, pero no murió”. El viejo gran campeón quedaba sumido en la peor crisis, futbolística e institucional hasta ese momento.

La gente, una vez más, dio muestras del inconmensurable amor por la camiseta llenando todos los estadios de la Argentina mientras el equipo jugó en el ascenso, generando recaudaciones asombrosas. Lo que se esperaba en ese momento de angustia era el resurgimiento. Muchos se decían entonces: “Peor no podemos estar. Ahora, tenemos que volver a ser los de antes”. La gente reaccionó, tocada en el amor propio, y, en lugar de darle la espalda al equipo, sacó más fuerzas que nunca y llenó cada cancha en la que el equipo jugó. El camino no resultó nada sencillo y una muestra es que la Academia no pudo gritar campeón en las dos temporadas que estuvo en la B. Con el apoyo fervoroso de la hinchada, con Jorge Castelli como flamante entrenador, con Miguel Brindisi a la cabeza de otra andanada de refuerzos, la Academia comenzó el duro camino de regreso a la primera.

Debutó en la categoría con una victoria por 2 a 1 frente a Los Andes, con goles de Brindisi y Pavón. Pero el equipo no logró consolidarse y despegar en la punta del certamen. A tal punto llegó la irregularidad de Racing que, finalizada la primera rueda, el técnico Castelli renunció. Lo reemplazó Agustín Mario Cejas. La crisis económica de la entidad tampoco ayudaba como para calmar las aguas. Finalmente, Deportivo Español se quedó con el título y el primer ascenso, mientras que conjunto albiceleste se clasificó para el octogonal por la segunda plaza en primera. Racing alcanzó las finales del reducido tras dejar atrás a Deportivo Morón y a Lanús. Gimnasia y Esgrima se cruzó en el camino de la Academia en los encuentros decisivos, se impuso por 3 a 1 en Avellaneda y por 4 a 2 en La Plata. Otro sueño astillado.

En 1984 los problemas en la tesorería se incrementaron. El club quedó expuesto a constantes embargos por parte de ex jugadores. Muchos dirigentes pensaban que, ante la crisis y la deuda de 1.200.000 dólares, había que deshacerse de la sede de Avellaneda y la de Capital Federal, con el fin de juntar el dinero necesario para salir del mal momento.

El año siguiente, Cejas continuó al frente del equipo y llegaron Horacio Attadía, Walter Fernández, Miguel Angel Colombatti y Néstor Sicher, entre otros. Otra vez el recorrido fue largo y difícil. A Racing, la B le costaba más de lo que suponía. La empresa de volver a primera no era “pan comido”. Pero ahí estaba el viejo Racing, intentando, sin demasiada suerte. Por eso, Cejas dejó su cargo en medio del certamen. Los siguieron Cacho Giménez (interinamente), Vicente Cayetano Rodríguez y, finalmente, otro símbolo de la Academia: Alfio Basile. Sin embargo, Rosario Central se llevó el título de la primera B. Y Racing, a duras penas, volvió a clasificarse para el torneo reducido. El primer paso en el octogonal fue con susto: se le ganó y se perdió con Banfield por 3 a 1, aunque por cuestiones reglamentarias se clasificó el equipo de Avellaneda. El acceso a las finales fue menos traumático, con dos victorias sobre Quilmes, por 2 a 0 y 3 a 1. Llegó Atlanta, llegó la gran oportunidad. Y la Academia, esta vez, no desperdició la chance. Prácticamente liquidó el pleito en el primer encuentro, en el que se impuso por 4 a 0, con dos goles de Walter Fernández, uno de Miguel Colombatti y otro de Pavón, en la cancha de River, el 22 de diciembre de 1985. En la revancha, en el mismo escenario, el 28 de diciembre el zurdazo mortífero de Néstor Sicher alcanzó para el empate 1 a 1 con el equipo de Villa Crespo. El estadio estalló en un grito sentido, esperado. Racing volvía al futbol grande, al futbol de primera.

Más allá de los errores, el destino parecía también ensañarse con el equipo de Avellaneda, porque justo cuando consiguió el ascenso, a fines de 1986, al año siguiente se reestructuraron los torneos de primera. Se dejaron de disputar los Metropolitanos y los Nacionales y se organizaron certámenes nacionales por temporadas, como en Europa y durante el mismo período, de mitad a mitad de año. Entonces, Racing tuvo que esperar un semestre para recuperar su lugar en primera.

Eso llevó al presidente de entonces, Héctor Rinaldi, a alquilar gran parte del equipo a Argentino de Mendoza, que disputaba el torneo regional, para que se mantuviera en actividad. Los que se pusieron a disposición del club mendocino fueron el técnico, Basile, y los jugadores Wirtz, Vázquez, Costas, Néstor Fabbri (se había incorporado, proveniente de All Boys), Ortiz, Zubczuk, Attadía, Washington González, Walter Fernández, Medina Bello, Szulz, Lamadrid, Cordero, Colombatti, Olivera, Astegiano, Acuña y Esteban Pogany (otro refuerzo). La experiencia fue un rotundo fracaso. Pero la ilusión de volver a primera era muy superior a todo. Y la hora llegó.

Ya sin Alfio Basile en la conducción, porque no llegó a un acuerdo por su contrato, por lo que volvió a ponerse el buzo de DT Rogelio Domínguez. De movida nomás, la primera recibió a Racing con dos clásicos: primero, ante River, en el Monumental, y luego frente a Independiente, en el Cilindro. Fueron dos empates, 1 a 1 con los millonarios (gol de Medina Bello) y 0 a 0 con Independiente.

El regreso no fue sencillo. El andar irregular del equipo generó problemas no sólo deportivos, sino también de orden policial, ya que se transformó en un hecho común que los barrabravas de la entidad les intimidaran a los jugadores y el cuerpo técnico. Se terminó rápidamente el ciclo de Rogelio Domínguez y, luego de algunos partidos en los que se hizo cargo la Subcomisión de futbol, con la colaboración de Nelson Chabay, volvió el Coco Basile; el arquero Ubaldo Fillol, en sus últimos años de actividad, pero en plenitud, volvió a la institución, y el equipo empezó a repuntar. De estar por debajo de la mitad de la tabla, Racing comenzó a escalar posiciones poco a poco, hasta quedar finalmente en la quinta posición. El campeón del torneo 1986/87 fue Rosario Central, que logró algo inédito: alzarse con los títulos de primera B y de primera A en dos temporadas consecutivas. La Academia se clasificó para la Liguilla, que ganó Independiente, que así se clasificó para la Copa Libertadores 1988.

Para la temporada 1987/88, Basile siguió como técnico y se incorporaron dos jugadores que le dieron muchas alegrías a la Academia: el goleador José Raúl Iglesias y el talentoso Nº 10 uruguayo Rubén Paz. Si bien Racing no logró el. Título, la campaña fue buena y terminó tercero, detrás de Newell’s y San Lorenzo. La primera rueda fue espectacular. A tal punto que Racing terminó primero. El equipo consiguió una serie de cinco victorias seguidas sin sufrir goles en contra, entre las que se recuerda una soberbia goleada frente a Boca, en Avellaneda, por 6 a 0, con dos goles del Toti Iglesias, dos de Colombatti, uno de Medina Bello y otro de Acuña. Racing encontró un perfil de equipo que sedujo a su gente como hacía muchos años no pasado. Pero pese a ese reencuentro con el estilo de la vieja Academia, Racing no pudo coronar tantas buenas actuaciones con un título. Como ya se dijo, el campeón fue Newell’s y Racing fue tercero. Y tampoco pudo quedarse con la liguilla, que ganó San Lorenzo.

El premio para este equipo llegaría en el ámbito internacional, con la disputa de la primera Supercopa sudamericana, un certamen reservado para los ganadores de la Copa Libertadores, que se comenzó a disputar en 1988 y que se prolongaría hasta 1997.

El 24 de febrero, el conjunto dirigido por Alfio Basile debutó en el campeonato con una victoria con historia: venció por 2 a 0 a Santos, de Brasil, en Avellaneda, con tantos de Iglesias y Colombatti. Como en la revancha igualaron 0 a 0, Racing pasó de rueda.

Esta vez, la Academia tuvo algo más de suerte que en otras oportunidades, como si la mano viniera justa para que Racing rompiera con el maleficio, al menos, a nivel internacional. Como la cantidad de equipos que quedaban era impar se hizo un sorteo, en el que salió beneficiado el conjunto de Avellaneda, que pasó directamente a las semifinales.

En esa instancia se cruzó con River Plate, vencedor de Gremio, de Brasil, en los cuartos de final y que siempre mantuvo una molesta paternidad con Racing. El 25 de mayo, día de la fundación del club millonario, se enfrentaron en el Cilindro. River se puso en ventaja con un gol de Jorge Borelli, que años más tarde se pondría la camiseta albiceleste. En el inicio de la segunda etapa, Walter Fernández hizo valer su potencia goleadora y con dos tantos dio vuelta el partido.

El 1º de junio fue la revancha en el Monumental. River volvió a sacar ventaja: a los 20 minutos ganaba 1 a 0 con un gol de penal de Nelson Gutiérrez. El encuentro se puso emocionante. El final era incierto. Todo era una incógnita. Hasta que apareció Néstor Fabbri a pocos minutos del final y con un cabezazo venció a Nery Pumpido. Racing estaba en las finales de la Supercopa.

Otra vez el formato hizo que Racing actuara como local en el primer encuentro, el 13 de junio. De vuelta a sufrir en el desarrollo, porque, como River, el equipo de Belo Horizonte pasó al frente con un gol de Robson, a los 36 minutos. Sin embargo, Walter Fernández seguía “encendido” y anotó el empate. Los minutos pasaban, pero la igualdad no se rompía. El Cuando el resultado parecía sellado, apareció otra vez Walter Fernández, escapó por la izquierda arrastrando a varios marcadores, tiró el centro atrás y Miguel Colombatti batió a Wellington. El delirio se apoderó de Avellaneda.

Cinco días después, a sufrir al Mineirao, de Belo Horizonte. El gran golpe fue a los 43 minutos del primer tiempo, con la gran escapada de Omar Catalán, que terminó en el fondo del arco brasileño. Con la carrera fervorosa del goleador, el estadio enmudeció, salvo por ese puñado de hinchas argentinos apretujados en un rincón de esa mole de cemento. El segundo tiempo fue a todo corazón. Había que sostener el resultado. Basile cambió figuritas: hizo entrar a Ramón Medina Bello por Catalán, pero sacó a Rubén Paz y lo puso a Hugo Pérez. A los 37 minutos, Robson igualó el cotejo, pero ya estaba muy cerca la Academia. Y el partido terminó. Y la Academia se desahogó después de tantas frustraciones. Y otra vez, al menos en una flamante copa internacional, gritó campeón.

Unos meses después, el 17 de septiembre de ese año, Racing se quedó con otra copa, la Supercopa Interamericana, al vencer a Sportivo Herediano, de Costa Rica, por 3 a 0, en tiempo suplementario, aunque este título nunca fue reconocido oficialmente por la Confederación Sudamericana de futbol.

Claro que eso no importaba demasiado: Racing estaba nuevamente instalado en el concierto importante del futbol. Al menos deportivamente, la Academia volvía a brillar.   LA DECADA INEFICAZ

En la década del 90, las gambetas y los goles mágicos de Rubén Paz no lograban sostener una estructura que se derrumbaba inexorable y dolorosamente. El estadio, en estado de abandono total, terminó por convertirse en depósito de papas. Una vergüenza que los hinchas de Racing nunca admitieron para la gloriosa historia de su club. Destéfano venció a Osvaldo Otero en las elecciones de 1991, que luego de una larga y engorrosa batalla judicial fueron declaradas fraudulentas. Sin embargo, la dilación de la Justicia le permitió al ex dirigente metalúrgico y de la CGT mantenerse en el cargo y presentarse en los comicios de 1995, en los que fue vencido por Otero, en ese momento apoyado por Daniel Lalín, quien comenzó a conducir el futbol profesional con el aporte de capitales propios.

Parecía que era la gran oportunidad del club para renacer de las cenizas. Las obras de reacondicionamiento del estadio se pusieron en marcha, mientras un equipo con nuevas figuras comenzaba su participación en el torneo Apertura 1995, con Pedro Marchetta como director técnico, quien luego le dejó su lugar a Miguel Brindisi. El equipo fue segundo y peleó hasta la última fecha con el Vélez de Carlos Bianchi.

El club dio otro paso en pos de su saneamiento definitivo: en 1996 se cerró el concurso de acreedores y se abrió uno nuevo, siempre bajo la tutela del juez Enrique Gorostegui. El pasivo del club se redujo de 24.000.000 a 12.000.000 de dólares y eso fue festejado por la nueva dirigencia como un título.

Con el tiempo, entre Otero y Lalín surgieron diversas diferencias que minaron el camino del club. Lalín se alejó de la entidad y se convirtió en el peor enemigo de Otero. A todo esto, Destéfano aportaba su granito de arena desde afuera cada vez que podía para hacer crecer un germen que llevó a Racing casi a la extinción: las tremendas luchas intestinas.

El club volvió a desviarse. Perdió la oportunidad de enderezar sus cuentas, las cuales empezaron a inflarse en rojo como nunca antes. El club se sostenía en base a préstamos que servía para pagar deudas, pero también para engrosar el pasivo.

En medio de otra crisis, a fines de 1997, Daniel Lalín se impuso en las elecciones a Enrique Cappozzolo y Mario Fracchia y se convirtió en el nuevo presidente de la institución. Sus promesas de devolver a Racing a los primeros planos terminaron pronto. El empresario gastronómico utilizó la misma fórmula que en el comienzo de la presidencia de Otero: trajo un nuevo técnico, Angel Cappa, y formó un equipo de nuevas figuras, adquiridas con capitales propios, pero que en definitiva debía pagar Racing. El 14 de julio de 1998, mientras el plantel realizaba la pretemporada en Concordia, Entre Ríos, presentó el pedido de quiebra, que fue aceptado por el juez Enrique Gorostegui.

Lalín pretendió hacer una jugada económica para evitar la presión insostenible de tener que levantar permanentemente embargos para que el equipo pudiera utilizar a los refuerzos. Pero el tiro le salió por la culata.

La síndico Liliana Ripoll, designada por el juez Gorostegui, tomó las riendas del club e hizo un manejo austero. De a poco, recortó los gastos del equipo, lo que significó también la resignación deportiva a no pelear en los primeros puestos.

Así y todo, las crecientes dificultades económicas hicieron inviable la normal continuidad de la entidad. Lalín perdió poder y en marzo de 1999 llegó un momento crucial en la historia de Racing. Fue cuando la síndico pronunció la frase que nunca nadie quiso escuchar: “Racing Club Asociación Civil ha dejado de existir”. Era el fin.

  VOLVER A GRITAR CAMPEON

La cita en la cálida mañana de verano fue bien temprano, en el Hindú Club, de Don Torcuato. Lejos del ruido de la gran ciudad, en ese oasis verde que supo ser refugio de muchos equipos. A las 8.30, el plantel empezó a salir del vestuario y los jugadores se sentaron en el centro de la cancha principal con Reinaldo Carlos Merlo. Se establecieron las pautas iniciales, todos empezaron a conocerse. Allí buscó Racing la intimidad necesaria para empezar a construir una gesta heroica, un grito ahogado por muchos años, un mito que revivirá con el recuerdo de cada hincha académico: el logro del título en el torneo Apertura 2001, después de 35 años de amarga e injusta espera.

El camino no fue sencillo. El equipo, a comienzos de 2001, estaba seriamente acuciado por el temido fantasma del descenso y venía de hacer la peor campaña de su historia, en la que quedó último, en el torneo Apertura 2000. Hacía falta un importante giro de timón y un aporte económico genuino para rescatar a la institución. Hacia allí se apuntaron los esfuerzos desde el momento en el que el juez de la quiebra, Enrique Gorostegui, estimó como propuesta más confiable la realizada por Blanquiceleste S.A.

El reglamento sólo permitía la llegada de un par de refuerzos, no más. Sin embargo, Racing hizo tres incorporaciones. El delantero Luis Rueda y el defensor chileno Pablo Contreras ocuparon las plazas permitidas y se repatrió al atacante Maximiliano Estévez, quien rescindió su préstamo con Racing de Santander y se reincorporó a la Academia sin problemas porque su pase pertenecía a Racing.

Después de muchos años, el equipo hizo una pretemporada pensando exclusivamente en los objetivos deportivos. Atrás habían quedado las incomodidades de otras temporadas en las que a duras penas y con problemas económicos e institucionales los jugadores podían realizar un trabajo como las exigencias del futbol de hoy indican. Esta vez, Bariloche y todos los hinchas de Racing que hay ahí le brindaron el calor y la tranquilidad necesaria para empezar a forjar la mística de grupo.

 

El torneo Clausura 2001 empezó mal. La esperanza de Racing comenzaba en el Cilindro, frente a Talleres, pero el destino parecía empecinado en poner a prueba el temple celeste y blanco: derrota 1 a 0. Con un nuevo técnico, en ese momento sin identificación con el club, y un plantel sin demasiada renovación, en el que predominaban viejos valores como Claudio Ubeda, Sergio Zanetti, Gastón Sessa, jóvenes que habían crecido a la sombra de los malos tiempos, como Javier Lux, Adrián Bastía, Carlos Arano, el propio Chanchi Estévez y Vicente Principiano, entre otros, y refuerzos buscados con los pocos pesos que tenía el club, como José Chatruc y Osvaldo Canobbio, la historia pintaba complicada.

En el segundo partido, frente a Los Andes, como visitante, los gritos de los hinchas se hicieron sentir. El empate 2 a 2 no conformó y Merlo empezó a sufrir en carne propia los reclamos populares. Se le recriminaba un planteo poco audaz. Se mezclaban las necesidades y el gusto histórico de los hinchas. No había tiempo: había que levantarse como fuere, había que andar. Y el equipo anduvo, con algunos dolores, pero anduvo.

 

 

Hubo dos victorias muy importantes, hasta podría decirse que inesperadas, aunque jamás imposibles para el espíritu de un Racing que a lo largo de su existencia siempre supo inflar el pecho afrontar los más difíciles momentos. Los dos triunfos fueron en el Cilindro, como para calmar los ánimos de la gente. Primero, por la tercera fecha, Maximiliano Estévez siguió con su costumbre de hacerle goles a San Lorenzo y anotó los dos tantos de la gran victoria por 2 a 0; en el medio, un valioso empate como visitante ante Chacarita, y por último, de vuelta en Avellaneda, un gran éxito ante Boca por 2 a 1, con goles de José Chatruc, de penal, y de Luis Rueda, quien en ese momento no imaginaba que ese sería su último tanto del torneo y que su rendimiento iría en baja hasta perder la titularidad a manos del uruguayo Osvaldo Canobbio, a la postre el goleador del equipo junto con Estévez, ambos con seis tantos.

Después de la alegría con Boca llegó un choque extrañamente más importante desde el punto de vista matemático, frente a Argentinos Juniors, uno de los rivales directos por el descenso. Claro, era una situación extraña, porque Racing, por historia, vibraba con los choques frente a los grandes, pero su futuro se dirimía, fundamentalmente, con los rivales directos en la lucha por mejorar su promedio. Con los antecedentes de los éxitos ante San Lorenzo y Boca, la confianza estaba en un punto bien alto. Entonces, la rosa volvió a mostrar sus espinas: caída por 2 a 0 en Ferro y a sufrir otra vez. Encima, el posterior empate 0 a 0 como local ante Unión sólo hizo revivir los gritos de las primeras fechas.

Los altibajos fueron una característica. Siguieron tres victorias en cuatro partidos, hasta un nuevo e inesperado traspié, en Avellaneda, frente a Almagro, por 4 a 0, que fue el comienzo de una serie complicada, porque fue el primero de seis partidos en los que la Academia no pudo ganar. Ni en los clásicos volvió la alegría, porque frente a River se cayó en forma rotunda, por 3 a 0.

La recuperación llegó en el momento justo, cuando los nervios y los miedos habían ganado la escena, cuando el promedio flaqueaba. El empate 1 a 1 ante Colón, en Santa Fe, en un partido que estaba perdido, levantó al equipo. Luego, con una victoria por 4 a 1 frente a Rosario Central, el 5 de junio de 2001, en el Cilindro, Racing no sólo volvió a la senda del éxito, sino que ese día se salvó definitivamente del descenso y la promoción.

Pero la historia de ese torneo Clausura tenía reservada una última sorpresa. En la jornada final, el equipo se despidió con un festejadísimo éxito en el clásico ante Independiente por 1 a 0, como visitante, con un tanto de penal de Maximiliano Estévez. El hecho de haber evitado la promoción y de conseguir el resonante éxito final ante el rival de toda la vida fue el preanuncio del romance que se generaría entre el equipo y los hinchas en el campeonato siguiente, con la obtención del título.

Se había cumplido el primer objetivo, entonces era el momento de volver a los primeros puestos y empezar a recuperar el prestigio. El plantel se renovó, llegaron muchos refuerzos y se armó un plantel competitivo, sin incorporaciones resonantes, sino más bien buscando con cuidado cada uno de los hombres. Aunque nadie negaba el deseo de salir campeón, no se apuntaba directamente al título, sino que se pretendía pelear arriba en ir consolidando una estructura.

Llegaron el arquero Gustavo Campagnuolo (de San Lorenzo), el lateral izquierdo colombiano Gerardo Bedoya (Deportivo Cali), los zagueros Gabriel Loeschbor (Rosario Central) y Francisco Maciel (Almagro), el lateral derecho Martín Vitali (Independiente), los mediocampistas Gustavo Barros Schelotto (Villarreal, de España), Cristian Ríos (Unión), Leonardo Torres (Chon Buk Hyundai, de Corea), Alexander Viveros (Fluminense, de Brasil) y el delantero Rafael Maceratesi (Rosario Central).

Se hizo una nueva pretemporada, esta vez en Mar del Plata. En esos días en la costa el grupo empezó a forjar la mística ganadora, lejos del ruido, en la intimidad, poco a poco.

La ilusión se puso en marcha la noche lluviosa del viernes 17 de agosto en Avellaneda, frente a Argentinos Juniors. Carlos Arano abrió el camino con una escapada individual que terminó en un gran zurdazo desde afuera del área. Pero como nada es fácil para Racing, el partido se complicó, Argentinos empató y hubo que remar nuevamente. Pero ese campeonato la suerte estaba del lado de la Academia; en el segundo tiempo un centro terminó con el gol en contra de De Muner y la victoria final de Racing por 2 a 1.

Ese triunfo fue el primer eslabón en una cadena invicta de once partidos que, como en el final del Clausura, continuó frente a Independiente. Y, aunque no fue una victoria, se festejó como tal. Racing perdía 1 a 0, pero intentaba, iba al frente. Y, de tanto buscar, tuvo su premio en el último minuto: centro, el arquero Rocha que sale mal y Loeschbor, con un cabezazo, desató un festejo de ribetes épicos.

Luego de la segunda fecha, Racing quedó cuarto. Fue la única vez en el campeonato que la Academia no estuvo primera, porque tras el empate ante Independiente el equipo hilvanó tres victorias seguidas, frente a Rosario Central (1-0), Newell’s (2-1) y Talleres (2-0). Un empate ante Belgrano (0-0) y un dificilísimo triunfo ante Huracán en Parque Patricios (1-0, gol de Barros Schelotto) precedieron a otro gran impacto racinguista, que empezó a catapultarlo definitivamente como serio candidato al título. En el Cilindro, Racing goleó a San Lorenzo por 4 a 1, con tantos de Loeschbor, Estévez, Bedoya y Maceratesi. El entusiasmo no sólo fue por el resultado: Racing tuvo una producción futbolística de alto vuelo. Fue, casi con seguridad, el mejor rendimiento del equipo en el campeonato.

La mitad del campeonato se acercaba y Racing seguía firme en la cúspide de la tabla de posiciones. Les ganó a Unión (2-0) y a Colón (2-1). El último partido de la serie invicta fue en La Plata, ante Estudiantes. Otro día lluvioso. El primer tiempo terminó con la cancha embarrada para la Academia: 0-2. Parecía que la primera derrota era un hecho, porque remontar dos goles ante el equipo platense, en su cancha, no resultaba sencillo. Pero en el entretiempo algo cambió. Los jugadores salieron con todo el amor propio a jugar los últimos 45 minutos, sorprendieron al conjunto pincharrata y enseguida consiguieron el empate, con dos tantos de Estévez, a los 4 y a los 6 minutos. La alegría era inmensa, porque Racing quedaba otra vez mano a mano y con el envión favorable para intentar pasar al frente. Y lo hizo: a los 26 minutos, José Chatruc quiso hacer una pared y le salió, pero con un rival; cuando entró en el área, definió de derecha y desató el delirio de la hinchada. Fue una victoria muy importante.

El partido siguiente era con Gimnasia, pero primero se disputó el clásico ante Boca, que correspondía a la decimoquinta jornada y que fue adelantado porque el equipo xeneize debía disputar la Copa Europeo-Sudamericana frente a Real Madrid, en Japón. El cambio no fue positivo. Ese jueves, la gente de la Academia llegó a la Bombonera con la ilusión en alto, pero Juan Román Riquelme estuvo inspiradísimo, Boca brilló y Racing se vio superado. Fue 3 a 1 y Maxi Estévez marcó el descuento. Pero las derrotas también sirven y el equipo de Mostaza fortaleció su espíritu de cara al tramo final del certamen.

Al domingo siguiente quedó claro que de ninguna manera los jugadores estaban vencidos. No dudaron un instante del camino a seguir. Y claramente a Gimnasia y Esgrima La Plata, en Avellaneda, por 4 a 1. Un resultado rotundo en una fecha especial: fue un 4 de noviembre, día que se hizo un lugar en los corazones albicelestes desde que en 1967 el Chango Juan Carlos Cárdenas le marcó el golazo a Celtic.

Un vibrante empate frente a Nueva Chicago (4-4) en la cancha de Vélez y una ajustada victoria frente a Chacarita por 1 a 0 antecedieron al “partido del campeonato”. Racing-River, en el Cilindro. El estadio se llenó, como en las grandes tardes. La Academia llegó a ese encuentro con cinco puntos de ventaja sobre los millonarios. Esteban Cambiasso puso en ventaja al equipo dirigido por Ramón Díaz. La tensión en los hinchas fue creciendo de a poco, porque los minutos transcurrían, pero el empate se demoraba. A diez minutos del final, el resultado seguía inalterable. Hasta que a cuatro minutos del final apareció el zurdazo inmortal del colombiano Gerardo Bedoya para romper el cero en el arco de Angel Comizzo y poner el marcador 1-1. La explosión que se produjo en la cancha fue única. Ya la gente de la Academia sentía el título al alcance de la mano. Quedaban sólo tres fechas.

La cercanía de la vuelta olímpica posiblemente haya hecho que, con un empate 0 a 0 ante Banfield, en la cancha de Huracán, River consiguiera acercarse a tres puntos a falta de dos encuentros. Racing jugó mal frente al equipo del Sur, pero esa tarde Merlo, apenas terminado el encuentro, abandonó su cautela habitual y la frase “paso a paso” para mandarles un mensaje a los jugadores y a todos los hinchas: “Ahora me cansé. Vamos a salir campeones”. Fue la inyección anímica, la palabra motivadora en el momento justo.

Una semana después, el Cilindro rebalsó de hinchas frente a Lanús. La confianza estaba intacta. Toda la Academia soñaba con una consagración anticipada para festejar en casa. Rafael Maceratesi abrió el marcador luego de una serie de rebotes y el delirio se apoderó de las tribunas, que volvieron a estallar sobre el final, con el gol de José Manuel Chatruc. La victoria de River sobre Argentinos por 3 a 1 postergó la consagración, pero no empañó la fiesta.

Racing siempre tuvo destino de sufrimiento. Esta vez no fue la excepción. El 20 de diciembre estalló en el país una crisis política, económica y social de enormes proporciones, que terminó con la renuncia del entonces presidente Fernando de la Rúa, sucedido brevemente por el senador Ramón Puerta. Durante esos días de violencia e incertidumbre se declaró el estadio de sitio, lo cual no resultaba el contexto apropiado para definir el campeonato de futbol. Que Racing no tuviera la posibilidad de dar el último paso en la carrera hacia una consagración que llevaba 35 años de espera era casi intolerable para los hinchas, que a esas alturas no entendían que el maleficio pudiera llegar tan lejos.

El día elegido fue el 27 de diciembre de 2001. El que quedará grabado por siempre en la memoria de todos los racinguistas. Ese día no importó el resultado del equipo millonario, porque la Academia no necesitó de terceros. Después del 0 a 0 del primer tiempo, a los ocho minutos del segundo llegó el centro preciso de Bedoya y el cabezazo goleador del guerrero de la defensa, Gabriel Loeschbor. El delirio y la emoción explotaron en Liniers y también en Avellaneda, en el Cilindro, donde 40.000 almas que no pudieron conseguir su entrada para estar en el estadio José Amalfitani se reunieron para vivir, a través de una pantalla gigante, todas las alternativas del partido final.

Por fin, Racing podía gritar CAMPEON. Tuvieron que pasar 35 años para que el destino les permitiera a los racinguistas abrir la boca y pronunciar con toda la fuerza de las cuerdas vocales ese sentimiento pintado de celeste y blanco. Las lágrimas en los rostros de los hinchas se reflejaban dentro del campo en jugadores como Carlos Arano, el lateral izquierdo que se forjó en las inferiores y cuya habitación en la casa de los padres todavía se mantenía juvenilmente revestida con la pasión de la Academia. Se emocionó él en el césped, se emocionó su padre en la tribuna. Festejaron todos durante largas horas, días, semanas y meses, porque el título de Racing, el más esperado de todos, fue saludado por propios y extraños.

El mundo del futbol se arrodilló una vez más ante una gesta histórica del equipo más apasionado de la Argentina: Racing Club.









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